La amargura era una calle por la que yo solía llevar a mi madre. Hablo de mi más tierna infancia (mi infancia nunca dejó de ser tierna, así me fue), una época en la que yo jamás llevaba a nadie a ningún sitio sino que a quien llevaban era a mí, bien sujeto de la mano no me fuera a perder. Y sin embargo yo llevaba a mi madre por la calle de la amargura, no siempre, unas veces la llevaba y otras la traía, tampoco es que ese cambio de sentido obedeciera a ninguna razón. Metáfora aquella de inusitada fuerza poética, sabe dios de dónde se la sacaría esta mujer, de mi abuela no creo porque ella habría sido incapaz de un discurso tan elaborado, más probable es que la escuchara en las novelas de la radio, en el doblamarguraaje infame de alguna película, qué sé yo. Me llevas por la calle de la amargura, y a mí se me quedaba esa sensación como de hijo de puta (no en el sentido literal, obviamente), cómo habré podido yo ser tan cabrón como para llevar a mi pobre madre a un lugar tan horrible. Sólo era una sensación, no me la expresaba a mí mismo en esos términos porque en aquel entonces yo no decía tacos ni en el pensamiento siquiera, pero así era como me sentía exactamente.

La calle de la amargura tenía múltiples accesos, bocacalles como si dijéramos. A la calle de la amargura se podía llegar por haber sacado tres sobresalientes en vez de cinco, por masticar con la boca abierta, por meterme el dedo en la nariz, por ser el hazmerreír del colegio, por coger mal el tenedor, por rozarme los zapatos o los pantalones, por mear fuera de la taza, por no mirar fijamente a los ojos a mi padre cuando me hablaba, por estar mano sobre mano, por señalar, por cruzar sin mirar, por contestar (a los padres no se les contesta), por mil y una puertas diferentes. Tantas veces llevé a mi madre por la calle de la amargura que al final me quedé instalado en ella, sin ser apenas consciente de ello la amargura se convirtió en mi verdadero domicilio, mi eterno estado mental. Aún hoy, tantos años después, ni siquiera estoy seguro de haber logrado escapar de allí.

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