Están matando el tren. Lo están matando como antes mataron y luego seguirán matando tantas otras cosas, la vida, las ideas, todo aquello que pensamos que nunca moriría, que a eso jamás se atreverían. Están matando el tren, y acaso sea una muerte mucho menos importante que todas esas muertes que nos duelen estos días, la de la sanidad, la de la educación, la de la investigación, nada que ver, ésta del tren es una muerte pequeñita, total a quién le importa, tal solo unas pocas líneas que apenas usa nadie, que llevan a unos pueblos en los que apenas queda nadie, nadie en el sentido que ellos dan a la palabra nadie, puede haber aún diez mil habitantes en cada uno de esos pueblos pero son diez mil nadies, antes de nacer ya eran nadie, en tiempos de bonanza ya eran nadie, hoy son menos que nadie, menos que nada. Están matando el tren, podrían haber dejado que se muriera solo pero eso habría sido esperar demasiado, acabemos con él cuanto antes, es una prioridad, apliquémosle criterios de rentabilidad. Rentabilidad, qué extraño concepto, hubo un tiempo en que creímos que la rentabilidad de un servicio público se medía en términos de calidad, de eficacia, de satisfacción de los ciudadanos, hoy sabemos que no, hoy sabemos que rentabilidad sólo significa dinero, cómo pudimos ser tan ingenuos como para creer que pudiera significar otra cosa. Están matando el tren, por no ser rentable se lo cargan, si fuera rentable lo privatizarían, no les temblaría la mano, se lo venderían al mejor postor como tantas otras cosas, se lo venderían tal vez a ellos mismos oportunamente reconvertidos en mejor postor para la ocasión.Están matando el tren, miles de kilómetros de via muerta, cientos de estaciones que en algún caso aún verán pasar los trenes pero ya jamás verán parar los trenes, cementerios en vida, mausoleos de piedra. Están matando el tren, más pronto que tarde sólo habrá AVE y Cercanías, exceso y defecto, muerte al término medio, nos lo están matando y de paso están matando el viaje, la contemplación reposada del paisaje, el placer de la espera, la nostalgia de aquel tiempo ajeno aún a altas velocidades, cuando aún creíamos que el llegar no tenía por qué ser tan importante como el ir. Están matando el tren y están matando también un trozo de mi vida, de mi memoria, de mis sueños de infancia, de tantos otros sueños de tantas otras infancias. Claro que todo eso a estas alturas tampoco tiene ya la menor importancia. Al fin y al cabo, yo tampoco soy nadie.

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