Tuve una vez un compañero que tenía un perro, un pastor alemán enorme y de muy malas pulgas (nunca mejor dicho), lo cual no habría tenido nada de particular si no fuera por el pequeño detalle de que cada mañana al llegar al trabajo nos ponía la cabeza mala contándonos las batallitas que le habían sucedido mientras paseaba al susodicho perro. Batallitas que solían ser parecidas a ésta:

Es que de verdad, es que a los que no soporto es a todos esos que tienen perrillos pequeños, que salen con ellos al parque y los sueltan como si no pasara nada, que mira que yo se lo digo, que no sueltes al tuyo si sabes que el mío ataca, que sabes que hasta muerde, pero ellos como si nada, ellos los sueltan cada mañana y luego bien que vienen a quejarse, oye que tu perro ha mordido al mío… ¡¡¡Coño, ¿pues no te lo había advertido ya, que el mío ataca, que cuando ve un perro pequeño lo muerde? ¿pues entonces para qué cojones lo sueltas, para poder quejarte después?!!! Es que lo que hay que aguantar, de verdad…

Alguna que otra vez alguno de nosotros se atrevió a insinuarle (sólo insinuarle) que quizás entonces el problema no fueran los demás perros sino el suyo, que quizás fuera él quien debiera mantener sujeto a su perro (y con bozal, a ser posible) para que así pudieran pasear los demás. Pero era sólo insinuárselo y ponérsenos como una fiera, una reacción que no era tanto de indignación como de perplejidad, de incomprensión total, de una absoluta incapacidad para entender siquiera lo que le estábamos diciendo: pero de qué vas, pero a ver por qué cojones no voy yo a poder soltar al mío cuando me venga en gana si no tengo yo el problema, si son sus perros los que salen trasquilados tendrán que ser sus dueños los que se preocupen, no me voy a tener que ocupar yo de lo que les suceda a los demás, bastante hago ya con avisárselo, joder, no sé qué más quieren que haga, pues no faltaba más…

Siempre pensé que el fascismo (en estado puro, simplemente como mentalidad, despojado de cualquier ideología) debía parecerse bastante a la manera que tenía aquel sujeto de entender la vida. El innoble arte de convertir a las víctimas en verdugos de sí mismas, yo te voy a matar, que lo sepas, tú verás lo que haces, está en tu mano, luego si te mueres no vengas diciendo que no te lo advertí. Con los años olvidé a aquel compañero, muy raras veces volví a acordarme de él… justo hasta estos días en los que su recuerdo se me está reapareciendo con inusitada precisión, acompañado de las arcadas correspondientes. Quizás por el espanto ante todos esos crímenes que a cada rato nos cuentan (en la medida en que dejan contárnoslo) desde Oriente Próximo. O quizás sencillamente por portadas como ésta…

larazon20140716

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