El mundo laboral (es decir, el de aquellos privilegiados que aún tenemos trabajo) se divide básicamente en dos clases de personas: los importantes y los parias. No, en este caso no tiene nada que ver (o no necesariamente) con ser amo o empleado, con ser jefe o ser pringao, es algo mucho más sutil que todo eso: los importantes y los parias. Los que descansan en agosto y los que trabajan (trabajamos) en agosto.

O quizá pueda establecerse una tercera categoría (a la que me honro en pertenecer), que podríamos llamar parias por elección. Algunos no soportamos ir a la playa y tener que clavar la sombrilla entre las piernas del de al lado, algunos no soportamos pasear (es un decir) por el paseo marítimo como quien pasea (es otro decir) cualquier zona comercial en sábado por la tarde, algunos no soportamos subir al Chiado, el Sacre Coeur, el Coliseo o la Acrópolis y tener que pedir permiso hasta para pisar una piedra (y pedirlo además en castellano, que casualmente vienen todos del mismo sitio que tú), algunos somos multitudesfóbicos (sé que había otra palabra para esto pero desgraciadamente la he olvidado) y por eso maniobramos con desesperación para conseguir tener en agosto la menor cuota de vacaciones posible. A veces lo conseguimos sólo en parte, mitad sí mitad no, otras como este año la cosa sale mejor, tres semanas en julio, otra más en septiembre, algún día queda por ahí suelto que ya veremos luego lo que hacemos con él. Podría pensarse entonces que somos aún más privilegiados que los privilegiados mismos ya que tenemos el inmenso don de poder escoger (sólo a veces, sólo en la medida en que nos dejan) nuestras vacaciones… Pues sí y no. Porque por mucho que disfrutes de tu ciudad desierta, de un relajado ritmo de trabajo o de no tener al jefe pegado al cogote resulta que siempre hay alguien o algo que se encarga de recordarte tu condición de paria, así sea por obligación, por convicción o (como en este caso) por elección. Pero paria al fin y al cabo.

Renfe, por ejemplo.

(Aclaración obvia: quien dice Renfe dice Metro o dice autobús urbano, de hecho tengo aquí al lado compañeros/as que los padecen en igual medida; digo Renfe sólo porque es lo que me toca. Nunca mejor dicho)

Tres trenes de cercanías llevo ya en lo que va de agosto, dos de ida, uno de vuelta. Trenes que durante el resto del año en condiciones normales tienen una frecuencia de paso de tres minutos, cinco a lo sumo, trenes que ahora en horas punta te hacen esperar no menos de un cuarto de hora, no digamos ya en presuntas horas valle (concepto éste muy relativo, ya que en agosto la mayoría de oficinas cierran por la tarde), veinticinco minutos de reloj (de 15:50 a 16:15) eché ayer en Nuevos Ministerios esperando el convoy que habría de devolverme a Vallecas. Tres trenes llevo ya en agosto que me han hecho dejarme una hora de mi vida en el andén, a este ritmo cuando acabe el mes habré conseguido sumar casi un día entero esperando trenes. Trenes que finalmente llegan (todo llega en esta vida) aún más llenos que en cualquier otro mes del año, lo normal si para la mitad de la gente dejas la cuarta parte de los trenes, pura matemática, ahí todos bien hacinaditos en nuestro vagón desde primera hora de la mañana para que no se nos olvide esa entrañable sensación de contacto físico que ya solemos experimentar en los restantes once meses. Eso sí, ahora por supuesto sin aire acondicionado no vaya a ser que nos creamos personas (siquiera sea por un momento) y no ganado porcino que es lo que somos al fin y al cabo. ¿Parias, dije? Probablemente me quedé corto…

Total, que sales de casa cada mañana convenientemente duchado, desodorizado y puesto de limpio y llegas en cambio al trabajo hecho una pasa, con pinta de indigente, cuasi desencajado como si llegaras de correr la maratón. Y echando espuma por la boca. Y tarde, encima tarde, lo suficiente para tener que irte aún más tarde por aquello de cuadrar horarios, lo suficiente para acampar otra vez dentro de un rato en Nuevos Ministerios a la espera de que llegue el puto tren. Nunca les agradeceré lo bastante, señores de Renfe, su amabilidad de recordarme un día tras otro puntualmente (de hecho es lo único que hacen puntualmente) mi condición de paria. Quizá debería quedarme a vivir en el andén.

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