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Decíamos hace algunas semanas que en este país (de mierda) la suprema expresión de arte consiste en torturar cada tarde a media docena de animales hasta matarlos, y que es tal la satisfacción que ello nos produce que al susodicho evento artístico lo denominamos Fiesta, nuestra gloriosa Fiesta Nacional. Tenemos Fiesta Nacional pero no nos conformamos con eso, también tenemos fiestas locales, nuestras entrañables fiestas populares, que no quede ciudad ni pueblo aún por pequeño que éste sea sin festejar la festividad de su santo patrón, a veces no les basta con uno sólo y tienen varios para poder seguir festejando en los meses siguientes. Algunas de estas fiestas son inocuas e inofensivas y no se complacen en exterminar seres vivos, otras en cambio jamás se entenderían sin ese intenso placer que al parecer experimentamos los (presuntos) humanos por el mero hecho de hacer sufrir a quienes ocupan un escalón (supuestamente) inferior en la escala animal. Las hay para todos los gustos, desde soltar un toro en medio de un prado y atravesarlo a lanzazos de parte a parte para ver cuánto aguanta (menos de lo que debería, cada vez los hacen más flojos) hasta ponerle dos antorchas en llamas sobre sus respectivas astas para estudiar cómo reacciona (luego diremos que no se fomenta la investigación en este país); desde arrancarle de cuajo la cabeza a un ganso (vivo por supuesto, si no qué gracia tendría) hasta arrojar una cabra desde lo alto de un campanario para comprobar si vuela o no (suele ser que no). Para todos los gustos, para otras cosas no tendremos imaginación pero en lo que se refiere a torturar y masacrar somos la mar de creativos. Claro que siempre habrá espíritus débiles que pongan el grito en el cielo, cómo no habría de haberlos, hay gente pa tó, pero nosotros rápidamente les acallamos recordándoles que se trata de tradiciones ancestrales, hechos diferenciales de nuestra honda sabiduría popular. CULTURA con mayúsculas, cómo podría haber manifestación cultural más profunda que aquella que emana de nuestras mismísimas raíces (y puntas). Y pobres de aquellos pueblos que vivan de espaldas al pasado, que no sean capaces de respetar y conservar sus orígenes, nosotros en cambio logramos que buena parte de estas tradiciones pervivieran a lo largo de los siglos hasta llegar a nuestros días, no todas claro está, otras lamentablemente se nos perdieron por el camino, bellas muestras de nuestra idiosincrasia como el derecho de pernada o el Santo Oficio (eso que los descreídos dimos en llamar inquisición) pero que no se me descuiden, somos tan respetuosos con nuestro acervo cultural que cualquier día las recuperaremos para gozo y disfrute de las nuevas generaciones, acaso estemos ya en ello y no nos hayamos enterado todavía. Lo que haga falta para preservar nuestra principal seña de identidad, esa entrañable tradición de destrozar vidas ajenas que es nuestra verdadera marca España. Rechace imitaciones.

(publicado originalmente en otro lugar el 31 de agosto de 2013. Pero hoy, justo el día en que se perpetra una vez más la salvajada del Toro de la Vega, no está de más recordarlo)

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