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1. Si hay algo que no soy en esta vida es nacionalista. Si por mi fuera no sólo no independizaría Cataluña (ni ningún otro territorio) sino que desindependizaría España, desindependizaría la Unión Europea, desindependizaría todo lo que estuviera en mi mano. No soy de dividir sino de unir, no reconozco más fronteras que las meramente naturales (montañas, ríos, mares), las demás sólo sirvieron a lo largo de los siglos para traer muerte, miseria y desolación. Y no hace falta que me digan que todo esto forma parte del reino de las utopías, eso ya lo sé yo de sobra pero qué quieren que le haga, hemos construido tal mierda de mundo que la utopía es ya a estas alturas lo único que nos queda. Aunque sea imposible.

2. Y sin embargo entiendo perfectamente que Cataluña (o quien fuera) quiera independizarse de España. Yo también querría independizarme de un país hueco y mezquino, la España de charanga y pandereta, tortura y sacristía, devota de Paquirrín y Belén Esteban como imprescindibles modelos a imitar. Un país inculto y orgulloso de su incultura, acaso el único sobre la faz de la tierra en el que la población se vanagloria de su propia ignorancia y pone bajo sospecha el conocimiento, un país en el que los sucesivos modelos educativos procuran perpetuar esa ignorancia no vaya a ser que las criaturas luego crezcan y se entreguen a la funesta manía de pensar. Un país en el que la corrupción no sólo se tolera sino que se justifica, no sólo sale gratis sino que hasta se premia con votos, a ver qué iban a hacer, pues lo que habríamos hecho todos en su lugar, llevárselo muerto, país del Lazarillo de Tormes en el que la picaresca siempre puntúa más que la honradez (sí, también en Cataluña, en esto no hay diferencias tras toda una vida juntos, en el fondo son mucho más españoles de lo que les gustaría reconocer). Sí, yo también querría independizarme de esta España, como querría independizarme de Madrid que es mi ciudad, como querría independizarme a veces de mí mismo si pudiera… (pero esa ya es otra historia)

3. Si aprecian contradicción entre el punto 1 y el 2 no se me asusten, es mi estado natural, probablemente no será la última que encontrarán en este escrito. Me encantaría pontificar certezas y verdades absolutas pero no me sale, por desgracia sólo tengo dudas. No doy más de sí.

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4. Creo tener razones más que sobradas para querer seguir ligado a Cataluña. Tengo allí cuñados, sobrinas y demás familia, tengo compañeros/as de trabajo con quienes hablo telefónicamente a diario desde hace ya varios años, tengo amigos y conocidos virtuales con quienes me unen gustos comunes, similares maneras de entender la vida, evidentes lazos de complicidad (y entre ellos los hay independentistas y otros que no, y otros que ni sé lo que son, y otros que ni ellos mismos saben si lo son). Admiro profundamente a Cataluña y aún más a muchos catalanes en el ámbito de las letras, las artes, la música o el deporte, ni que decir tiene que seguiré admirándolos pase lo que pase, que seguiré en contacto con mis amigos y familiares aún por muchas barreras que se empeñen en ponerme por el medio. Pero preferiría que no hubiera barreras, puestos a escoger. 

5. Y sin embargo (van dos sinembargos), y quizá precisamente por ese aprecio, no quiero que sigan ni un segundo más donde no deseen estar. No creo en vínculos forzosos, no entiendo las relaciones en términos de posesión y aún menos que éstas tengan que ser para toda la vida, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte nos separe. Quiero que quien esté conmigo lo haga porque esté a gusto conmigo, si uno de los dos está a la fuerza no merece la pena continuar la relación. Por si la metáfora no fuera suficientemente explícita, lo diré un poco más claro: quiero que Cataluña siga formando parte de España, pero sólo si Cataluña quiere seguir formando parte de España. No sé si me explico.

6. Ahora bien, ¿cómo saber si quiere o no? Parece fácil: preguntándoselo. En un país (que dice ser) democrático debería ser posible preguntar cuestiones trascendentales a los ciudadanos, tanto más cuando haya una demanda social que así lo reivindique. Aquí en cambio hemos inventado la democracia inversa, aquí somos tan democráticos que con votar cada cuatro años tenemos ya más que suficiente, aquí somos tan democráticos que prohibimos un referéndum porque va contra la democracia, con dos collons. Y ni siquiera se nos cae la cara de vergüenza.

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7. Y todo ello, por supuesto, amparados en la sacrosanta Constitución. Permítanme que les recuerde que la Constitución va a cumplir 36 años, otras hay con varios siglos de vida pero que nada tienen que ver, porque son mucho más genéricas o porque se han modificado cuantas veces ha hecho falta durante todos esos siglos. En cambio a la nuestra se le saltan las costuras apenas tres décadas y media después. Nuestra Constitución fue el único fruto posible de un momento político muy concreto, con el cuerpo del dictador aún caliente en su tumba, con el ruido de sables atronando por doquier, con determinados sectores vaticinando catástrofes sin cuento como si aquello fuera el fin del mundo, justo esos mismos sectores que entonces no la votaron y hoy en cambio la enarbolan cada dos por tres y nos dan con ella en las narices en cuanto se les presenta la ocasión. Una constitución que no permite a sus ciudadanos pronunciarse sobre el modelo de estado ni sobre la permanencia dentro de ese estado (ni aún por enorme que sea el clamor social a ese respecto) debería ser papel mojado, y no objeto de adoración.

8. No habría estado de más mostrar algo de afecto. No habría estado de más decirles a los catalanes que les queremos, que les necesitamos (no necesariamente en términos económicos), que no somos nada sin ellos, sin ese seny que tantas veces sirvió de contrapunto a tanto descerebrado ultramontano como anida por estos pagos (incluso en puestos de elevada responsabilidad). No habría estado de más decirles que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa, lo creo firmemente, quizás ellos no se lo hubieran creído pero al menos habrían agradecido recibir un poco de cariño en medio de tanto desprecio. Ahora ya no. Ahora ya es demasiado tarde.

9. Ahora el mal ya está hecho. Aquí se ha optado exclusivamente por la vía coercitiva, sois malos, queréis romper España, seguid así y os suspenderemos la Autonomía, seguid así y os procesaremos al President, seguid así y os sacaremos los tanques… Incluso todas esas manidas expresiones, desafío secesionista, deriva soberanista, tantas otras, parecen llevar ya implícito el rechazo, como si se tratara de un acto de chulería y provocación y no de una mera reivindicación democrática, legítima o no. Y así un día tras otro, una declaración tras otra, un mes tras otro durante ya dos largos años, buscando acollonar pero consiguiendo exactamente el efecto contrario. A cada amenaza que profieren por aquí abajo les brotan cien nuevos independentistas al otro lado del Ebro, se van sumando a la causa hasta quienes un día llegaron desde Extremadura o Andalucía, a este paso acabarán echándose al monte incluso los turistas cuando pasen por allí. Lo están haciendo muy bien, muy bien.

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10. A los políticos, desde que el mundo es mundo, les ha funcionado siempre extraordinariamente bien la fabricación de un enemigo exterior. Móntate un oro de Moscú, un Gibraltar español, unas Malvinas argentinas, un eje del mal, lo que haga falta para que tus ciudadanos encuentren a quién odiar mientras olvidan sus miserias cotidianas, si pueden insultar a alguien de fuera no recordarán quién les putea desde dentro. El problema es cuando ese enemigo exterior resulta ser precisamente tu vecino de al lado, que a día de hoy y mientras que no se demuestre lo contrario todavía forma parte de tu propio país (y por supuesto que es así en ambos sentidos, de acá para allá pero también de allá para acá, véase el Espanya ens roba). No saben con lo que están jugando, no son conscientes del daño que pueden llegar a hacer, no se dan cuenta (o quizá sí, y es aún peor) de que hace ya tiempo que la antipatía degeneró en animadversión y hoy esa animadversión se ha convertido en odio, basta un pequeño recorrido por cualquier foro o red social para comprobarlo. De tanto jugar con fuego acabaremos todos ardiendo, al tiempo.

11. Cuántas veces no habremos escuchado, en las parejas mal avenidas, aquello de vamos a darnos un tiempo, intentaremos seguir juntos, lo hacemos por los niños… Cuántas veces no habremos comprobado que el remedio resulta ser siempre peor que la enfermedad, que lo que un día pudo ser separación amistosa suele acabar tirándose los trastos a la cabeza. Aquí hace tiempo que se dejó pasar la opción de la separación (o no) por mutuo acuerdo, bien pudo ser una solución a la escocesa, si gana el no seguimos como hasta ahora, si gana el quedamos como amigos, algo así. Hace tiempo ya que no estamos (en realidad nunca estuvimos) en esa fase. Hoy el divorcio será traumático o no será. Y si no es será peor todavía.

y 12. Decía el inolvidable Miguel Gila en un monólogo de hace muchos años (tiempos del tardofranquismo, cuando aún no había divorcio en este país) que en España no existe el divorcio pero se usa el ahí te quedas. Esperemos que no tengamos que reformularlo en términos políticos, en España no existe el referéndum pero se usa la declaración unilateral de independencia. Ustedes verán, o encuentran una salida pactada a todo este embrollo (aún por difícil que esté, aún por traumática que sea) o el día menos pensado Cataluña se irá a por tabaco para nunca más volver. Y el mero hecho de imaginar el escenario que pueda suscitarse a partir de ese momento (conociendo como conozco a mis congéneres y su manifiesta propensión a liarse a hostias por menos de nada) me produce auténtico pavor. Repito, el mero hecho de imaginarlo. No me obliguen a escribirlo.

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