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Desengáñense (en el supuesto de que aún estuvieran engañados). A nuestros gobernantes no les preocupa el ébola en términos de salud pública, a nuestros gobernantes sólo les preocupa el ébola en términos de carrera política. No tratan de salvar vidas humanas, tratan de salvar su pellejo. Hacen con el perro lo que harían con cualquiera, como se quitarían del medio (si la ley se lo permitiera, si encontraran la manera de hacerlo sin que nadie lo supiera) a todos aquellos que pudieran restarles votos, campesinos liberianos o parados vallecanos, tanto da. Doctrina Bush, recuerden, aquel insigne prohombre que una vez propuso talar los bosques como medida definitiva para acabar con los incendios forestales (de hecho en Irak intentó aplicarla a rajatabla, matar a los iraquíes para así acabar con las armas de destrucción masiva, antes incluso de que empezaran a fabricarlas). El perro es un símbolo. El síntoma de una sociedad enferma, en la que la vida importa ya bastante menos que el poder.

¿Y qué harán con el perro, una vez sacrificado? ¿Incinerarán los restos para así evitar cualquier tipo de contagio, y ello sin saber si efectivamente estaba contagiado o no? ¿O le harán las pruebas una vez muerto? Y en ese supuesto, si no le hicieron las pruebas cuando estaba vivo (por la peligrosidad que supondría, nos contaron) ¿qué diferencia hay con hacérselas muerto, cuando nos han dicho por activa y por pasiva que el ébola puede contagiarse igualmente por los fluidos de los vivos y por los restos de los muertos? Y si da negativo ¿cómo piensan explicárselo a sus dueños (o a lo que quede de ellos)? Y si da positivo ¿qué otras medidas piensan tomar? ¿Exterminarán también a todos los demás perros del vecindario por si hubiera existido algún roce casual, algún insospechado intercambio de fluidos? ¿Analizarán el parque por el que solía pasear, árbol a árbol, para así saber dónde le dio por marcar su territorio? ¿Destruirán esos árboles, o acaso (atendiendo a su política de tierra quemada) incinerarán más bien el parque entero, para que no haya lugar a dudas? ¿Irán casa por casa de los niños que acostumbran a jugar en ese parque, para comprobar si alguna pelotita fue a parar justo al alcorque en el que se aliviaba el susodicho animal?

¿Qué opinión les merece que el mayor experto mundial en la materia dijera ayer (a los periodistas, porque ustedes ni se molestaron en llamarlo, probablemente ni supieran que existía) que “al perro de Madrid hay que aislarlo, hacerle un seguimiento, estudiar sus parámetros biológicos, ver si está infectado y averiguar si excreta virus. Es muy interesante desde el punto de vista científico, no sirve para nada matarlo“? ¿Por qué aquellos que se nos tiraron al cuello hace dos meses, cuando nos quejamos de que la vida de un misionero valiera más que la de miles de africanos abandonados a su suerte, son los mismos que hoy nos echan en cara que nos preocupemos más por un perro que por los miles de africanos abandonados a su suerte (cuando además saben perfectamente que no es así)? ¿Por qué hago tantas preguntas, si sé de sobra que jamás voy a encontrar respuestas? ¿No nos estaremos volviendo todos locos?

Muerto el perro se acabó la rabia, dicen. No es verdad. No se acabó el ébola ni aún menos la rabia, entendida en este caso no como enfermedad canina sino como pura indignación ciudadana. La rabia no ha hecho sino comenzar. El perro sólo es la gota que colma el vaso, la chispa que enciende la mecha, la pieza que faltaba para rebosar el límite de nuestra paciencia. No sólo es lo que es, sino lo que significa. Acaso la manera más elegante que hemos encontrado para decirles que estamos hasta las pelotas.

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