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El escenario: cada mañana, en mi diario recorrido hacia la estación, paso por delante de un ambulatorio de la Seguridad Social. [Aclaración: en Madrid llamamos ambulatorio a lo que en cualquier otra parte del mundo llamarían consultorio, dispensario, centro de salud, centro médico, etc. No me pregunten por qué ya que ambular lo que se dice ambular no ambulan, que yo sepa siempre están en el mismo sitio] En su puerta se arracima por lo general un puñado de seres humanos (generalmente de edad avanzada), esperando a que den las 8 para irrumpir a contarle a su médico sus padeceres y achaques varios y/o para pedirle que les recete sus medicinas, según. Casi siempre suelen estar en silencio, pero algunos días te los encuentras ya en animada tertulia. Y es entonces, en los más/menos cinco segundos que tardo en pasar por delante, cuando puedo llegar a escuchar cosas como ésta:

La frase (escuchada el pasado jueves 9 de octubre, en cavernosa voz femenina): …es que como venga algo tendrán que ir los abuelos, los que lucharon en el 36, porque con lo que hay, pues ya me dirás tú…

El contexto: no es frase sacada de contexto sino más bien al revés, sólo tenemos la frase así que el contexto nos lo tendremos que inventar, o al menos intentar deducirlo. Otras veces es más fácil, por ejemplo aquella otra mañana de hace ya algunos años en la que escuché decir a aquel anciano ¡¡¡es que te viene una ola de esas y ya ves, por mucho que sepas nadar…!!! justo al día siguiente del tsunami de Japón. Pero esta vez parece un poco más enrevesada. Veamos:

Para empezar, una mínima precisión numérica: ¿…tendrán que ir los abuelos, los que lucharon en el 36…? Que yo sepa estamos en 2014, es decir que han pasado ya 78 años desde 1936. Alguien que luchara en el 36 con (tiraré por lo bajo) 14 años tendría hoy 92, edad a la que (aún por bien que llegues) no se suele estar ya para nada. Asumámoslo, casi todos los que lucharon en el 36 (y no murieron entonces) están ya muertos a día de hoy, por desgracia (pero también por pura ley de vida). A la señora que pronunció dicha frase no vendría mal tener una mínima noción de lo que significa el paso del tiempo: cualquier día mirará su deneí, descubrirá que tiene ya setenta años y se preguntará cuándo y dónde se le fueron los últimos cincuenta.

Ahora bien: ¿…como venga algo…? ¿Y qué es lo que habría de venir, buena mujer? Mire, no sé lo que rondará por su cabeza (de hecho casi prefiero no saberlo) pero déjeme decirle que en estos últimos años no han sido las guerras las que han venido a nosotros (afortunadamente) sino que hemos sido nosotros quienes hemos salido a buscarlas, en misiones presuntamente pacificadoras y/o humanitarias de las que no siempre hemos vuelto y en las que algunas veces hemos dejado más huella de la que deberíamos.avioncitos Venir lo que se dice venir sólo viene puntual cada 12 de octubre el Desfile de la Hispanidad, ese que antes fue Desfile del Día de las Fuerzas Armadas y aún antes Desfile de la Victoria, mejor no me pregunte de qué victoria se trataba no vaya a ser que me entren náuseas al responderle. Conocí el desfile en dictadura (militar, por supuesto) y aún lo sigo conociendo en (presunta) democracia, aún hoy cada vez que lo veo (cosa que sucede raras veces porque pongo buen cuidado en no encender la tele esa mañana, no me lo vaya a encontrar) no dejo de preguntarme si en los países de nuestro entorno montarán también esta clase de saraos mucho más propios de repúblicas bananeras o de monarquías aún más bananeras si cabe. Un brindis al sol, un quiero y no puedo, un dime de qué presumes y te diré de qué careces, un mero acto de ostentación cuando en el fondo no tenemos dónde caernos muertos. Ni falta que nos hace, por supuesto. Recortamos en educación, en sanidad, en dependencia, en servicios sociales, en investigación, en cultura y sin embargo en defensa tiramos la casa por la ventana, puede que lo disimulemos en los presupuestos pero luego ya nos encargaremos de apañarlos para que la pasta siga entrando a chorros por la puerta de atrás. Ya ven, como si necesitáramos defendernos de alguien que no fuéramos nosotros mismos y nuestra innata propensión al latrocinio, ésa que se manifiesta tanto más cuanto más opaca sea la institución, véase la muestra. Somos así, podemos hacer el ridículo más espantoso en temas de salud pública hasta que se nos caiga la cara de vergüenza, y sin embargo gastarnos (justo durante esa misma semana) millones de euros en ensayar un desfile que no sirve para nada, incluida por supuesto la interminable profusión de avioncitos atronando día tras día y hora tras hora el cielo de Madrid. No tenemos remedio.

¿…Con lo que hay, pues ya me dirás tú…? Me permitirá usted que no me dé por aludido. Soy un inútil, no porque yo lo diga (que también) sino porque así lo dice mi cartilla militar (o lo que quede de ella, que a saber dónde andará después de tanto tiempo). En mis años mozos me aterraba la mili (como a tantos otros), me horrorizaba que me fueran a robar impunemente un año y pico de mi vida. No tuve huevos para objetar, en aquel entonces aún no existía la Ley de Objeción de Conciencia ni la Prestación Social Sustitutoria, en aquel entonces (últimos setenta, primeros ochenta) objetar era desertar, casi peor que un crimen, muchos dieron con sus huesos en la cárcel y hasta a alguno conocí que hubo de huir del país por ello. Yo no, yo apuré prórrogas por estudios y cuando éstos se acabaron miré a ver qué había en mi cuerpo que no les sirviera.SAMSUNG Difícil: mis alergias primaverales no colaban, mis dioptrías no eran suficientes, sólo me quedaban los pies como último recurso. Tengo los pies cabos (lo contrario de planos), basta con verlos para comprobarlo. Ahora bien, que eso valiera para librarse de la mili ya era otro cantar. A veces sí, a veces no. Cada martes se reunía el tribunal médico, en realidad dos tribunales médicos que se turnaban a razón de una semana cada uno, dos tribunales que (al parecer, según la rumorología) mantenían criterios absolutamente contrapuestos en lo tocante a pies: el uno no pasaba una, el otro las pasaba todas. Tuve suerte, jamás creí en la suerte pero al menos esta vez habré de reconocer que la tuve: me tocó el bueno. Fue como volver a nacer, siempre recordaré aquel 25 de enero de 1983 como uno de los días más felices de mi vida. De haber sido otro el veredicto aquella misma noche habría tenido que partir hacia Melilla, la propaganda militar de la época decía que ustedes nos entregan un niño y nosotros les devolveremos un hombre pero tengo la absoluta certeza de que en mi caso habrían devuelto un cadáver, todo por el mismo precio. Sí, para el ejército soy un inútil total, y ni se imagina usted lo orgulloso que estoy de serlo.

Han pasado demasiados años y demasiadas cosas desde entonces, hoy se supone que tenemos ya un ejército profesional, razón por la cual el ardor guerrero del resto de la ciudadanía nos debería traer al fresco. Y sin embargo parece usted preocupada al respecto, bien porque no sepa que existe y crea que los jóvenes de hoy en día no sirven para nada (nada de particular ya que también se decía eso en mis tiempos; cada generación tiende a desconfiar de las siguientes, por definición), o bien porque haya leído esa noticia de hace algunas semanas según la cual es alarmantemente bajo el porcentaje de españoles que estarían dispuestos a dar su vida por España, para mí no, para mí es alarmantemente alto, con que sólo hubiera uno ya sería alarmantemente alto. Todo lo que sea dar la vida por un ente abstracto o un convencionalismo social (llámese dios, patria, bandera) escapa de mi entendimiento, no concibo otra razón de dar la vida que no sea la propia vida, no sé si me explico. Y sin embargo buena parte del negocio de este primer mundo consiste en producir y vender armas para que se maten (por acción o por omisión, por las bombas o por el hambre) los habitantes del segundo y el tercer mundo, habrá quien me diga que gracias a eso se preserva el equilibrio del planeta, yo más bien creo que lo que se preserva es la hipocresía y la hijoputez portada-ardor-guerrerode una mínima y privilegiada parte del planeta (que no nos pilla muy lejos de casa, por cierto). Me dirán que es un mal necesario, me dirán que un mundo sin ejércitos sería una utopía irrealizable, todos esos lugares comunes yo también me los sé. Pero déjenme que me reitere en aquello que les dije hace un par de semanas (en otro ámbito muy distinto), hemos construido tal mierda de mundo que la utopía es ya a estas alturas lo único que nos queda. Sí señora, aunque sea imposible.

Posdata (o algo así): les recomiendo (por si alguna vez les pillara a mano) un libro imprescindible, llamado precisamente Ardor Guerrero y escrito (hace ya muchos años) por Antonio Muñoz Molina. No es una novela sino todo lo contrario, la crónica detallada de su servicio militar. Como aquellas legendarias Historias de la Puta Mili de El Jueves, sólo que esta vez en serio: mejor escrito, mucho más amargo pero también, y por desgracia, muchísimo más real.

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