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Sucedió hace ya algunas semanas, concretamente el lunes 29 de septiembre. Caminaba yo en dirección a mi trabajo (esos veinte minutos de ida -y otros tantos de vuelta- desde el tren de cercanías que me salvan la vida cada mañana, que me proporcionan el único ejercicio físico que hago al cabo del día y que me permiten pasar un rato a solas sumido en mis pensamientos, elucubrando todas estas tonterías que luego escribo) cuando de repente sentí un tremendo impacto sobre mi cabeza. A ver, tampoco exageremos, no me morí, no perdí el conocimiento, no vi pasar mi vida entera en diapositivas, no se me abrió una brecha ni un chichón siquiera, tan solo un dolor intenso que así de primeras atribuí a que alguien me había tirado una piedra (quizá porque me recordó al típico dolor de las pedradas de infancia, que desde entonces afortunadamente no había vuelto a experimentar). Pero ¿por qué alguien habría de tirarme a mí una piedra un lunes a las 8:20 de la mañana (como si ése por sí solo no fuera ya castigo suficiente), en una pequeña calle peatonal, arbolada y casi desierta con nombre de general? Miré hacia los balcones y no vi nada, miré hacia el suelo y lo entendí todo: no había sido una piedra sino una castaña, una enorme castaña recién caída del árbol y que yacía allí a mis pies junto a otras muchas de su misma especie. No había sido pedrada sino castañazo. Literal.

[Aclaración probablemente innecesaria para el 99 por ciento de los lectores, perfectamente conocedores de las leyes de la naturaleza, pero que haré aquí por si alguien hubiera o hubiese cuyos conocimientos no alcanzaran o alcanzasen el nivel mínimo exigible: las castañas no están en los árboles tal cual nos las vende luego la castañera;castañas las castañas, como las almendras, las avellanas y cualesquiera otros frutos secos, crecen envueltas en una cáscara dura, pétrea y que además en este caso y para más inri resulta estar erizada de púas (el erizo, lo llaman), como si las hubieran diseñado así ex-profeso para hacer más daño cuando fueran a caerse sobre la cabeza de alguien por esos azares del destino. A ese respecto, una compañera muy ducha en temas hortofrutícolas me asegura que lo normal es que el erizo no caiga, que simplemente se abra y caiga sólo el fruto que lleva en su interior, es decir la castaña propiamente dicha; pero yo puedo asegurarles que a mí me tocó el paquete completo, allí en el suelo estaba el erizo junto a otros tantos de su misma especie. ¿Será acaso que los castaños madrileños no se comportan como debieran, tal vez a causa de alguna extraña mutación propiciada por la extraordinaria pureza del aire que respiramos? Fin de la aclaración]

Si hubiera creído en Dios me habría postrado de hinojos allí mismo para dar gracias al Cielo por haberme salvado la vida. Como soy descreído por naturaleza (así antes como después del castañazo, que no me consta que haya afectado a mis neuronas aunque a la vista de todas estas tonterías pudiera parecer lo contrario) me limité a seguir mi camino (dolorido, eso sí) mientras pensaba que en el fondo había tenido mucha, muchísima suerte. ¿Por qué (se preguntará usted si vive al otro lado del Tajo o de la Sierra de Guadarrama, porque si vive en los madriles lo sabrá ya de sobra)? Pues porque en Madrid el otoño es diferente, aún más si cabe que las restantes estaciones del año. Miren que ya fue una gran innovación (nunca suficientemente reconocida) la de celebrar nuestro Festival de Otoño en Primavera, miren que aquí hay semanas que duran 23 días (por eso son fantásticas), pero es que ahora no contentos con eso hemos decidido ir incluso un paso más allá. 

Y es que en el mundo entero (al menos en el de los árboles de hoja caduca) el otoño acostumbra a ser el tiempo de la caída de la hoja, en cambio en Madrid (siempre a la vanguardia de todas las tendencias) ya hemos superado esa fase, nos parecía poco así que le hemos incorporado también (y por el mismo precio) la caída de la rama o incluso la caída del árbol, ya puestos.metro-madrid-arbol--644x362 Dos honestos ciudadanos encontraron la muerte en el empeño (culpa suya evidentemente, a quién se le ocurre pasear por las aceras pudiendo haber ido por el medio de la calle esquivando coches, que a día de hoy es mucho más seguro), un tercero la salvó (por los pelos) gracias a que estaba dándose un homenaje bajo una sombrilla, si llega a estar nublado no lo cuenta. En lo tocante a vidas no vamos mal, en lo tocante a haciendas, coches destrozados y demás bienes muebles ya se nos dispara la estadística, cómo estará la cosa que hasta algún medio ha elaborado un mapa interactivo de árboles caídos en Madrid, repito, sólo de árboles caídos, afortunadamente no les dio por incluir también las ramas por una mera cuestión logística, si lo hicieran no les cabrían los puntos en el mapa.

¿Por qué sucede esto? ¿Cómo podría yo explicárselo a un lector de Sebastopol, Singapur o Socuéllamos pongamos por caso? En cinco palabras: Madrid está hecha una mierda. La que un día se creyó Capital Europea de la Cultura es hoy por méritos propios Capital Europea de la Basura, no habrá ninguna otra en disposición de disputarle semejante galardón (con una sola L, por ahora).2014081914035222982 Tanto quisimos organizar la Olimpiada que al final hemos acabado organizado la Oensuciada, eso evidentemente se nos da mucho mejor, ahí sí que somos campeones olímpicos (o más bien osúcicos). Dijo nuestra egregia Alcaldesa con su proverbial sabiduría que el problema es que nos hemos acostumbrado a un nivel de limpieza demasiado alto, va a ser eso, puedo asegurarles que en los 54 años que llevo en esta ciudad (tantos como llevo de vida) jamás conocí tal nivel de porquería, al menos ahora ya sé que el verdadero problema no es lo sucia que esté ahora sino lo menos sucia (que no limpia) que estuvo en los 53 años anteriores, me quedo mucho más tranquilo. Tiene sus ventajas, no crean, así en la próxima huelga de barrenderos (es decir, la próxima vez que la subsubsubcontrata de turno quiera cargarse a la mitad del personal y reducir en un cuarenta por ciento el sueldo de la otra mitad) ya ni siquiera apreciaremos la diferencia. Están en todo.

Madrid está hecha una mierda, y no sólo porque cada vez haya menos gente (y peor pagada) para recoger inmundicias, desperdicios, trastos viejos, hojas muertas, ramas y hasta castañas. También en lo tocante a tareas de mantenimiento. Miren, toda la vida hubo probos operarios que se dedicaban a podar los árboles de nuestra ciudad: el día menos pensado llegaban con su camioncito y su grúa, se encaramaban, lo capaban, tú decías joder qué pena, con lo frondoso que estaba… pero era sólo cuestión de tiempo; al cabo de pocos meses volvía a retoñar (¿se dice así?) con más fuerza y esplendor si cabe. Nada de particular, todo aquel que tenga plantas en su casa sabe que no basta con regarlas, que si quieres que te duren tendrás que darles cuidados adicionales cada cierto tiempo.arbol-caido-jpg--644x362 Aquí en cambio hemos dejado a los árboles a su libre albedrío, si podan será a escondidas y en lugares ignotos, el abandono es tal que los árboles ya no sólo se desparraman hacia arriba sino también hacia abajo (la ley de la gravedad es lo que tiene). Mido poco más de 1,80, créanme que no he crecido en los últimos tiempos sino más bien al contrario (según revisión médica reciente) y puedo asegurarles que jamás en mi vida tuve que hacer las flexiones que he de hacer ahora cada dos por tres para no estamparme la frente en el empeño. Y ya no les digo nada si además está lloviendo, caminar por aceras arboladas con el paraguas abierto puede llegar a ser una experiencia inenarrable. En el fondo sé que lo hacen por nuestro bien, mis articulaciones y/o mi capacidad de reacción les quedarán eternamente agradecidas.

Claro está, podría pensarse que estas cosas sólo ocurren en extrarradios como el mío (al respecto no se pierdan lo que sucedió el sábado 11 de octubre), que ya sabemos que los vallecanos votamos mal y nos merecemos todo lo que nos pase, panda de rojos es lo que somos. Bueno, pues no. En los extrarradios vamos bien servidos pero en el centro nada tienen que envidiarnos, al menos en esto se respeta escrupulosamente la igualdad de oportunidades. Camino cada mañana por el Paseo de la Castellana y puedo asegurarles que (contra todo pronóstico) el abandono no es menor.arbol-caido-retiro Y qué decir de nuestro mítico Parque del Retiro, nuestro espacio verde más emblemático, nuestro particular Central Park, justo ése al que el Ayuntamiento debería cuidar como oro en paño, justo ése al que los árboles se le caen a montones, uno propició una víctima mortal, los restantes fracasaron ya que no lograron pillar a nadie debajo. Si así están en el Retiro, díganme entonces qué podemos (con perdón) esperar de cualquier semiputrefacto plátano de sombra semiabandonado en una calle cualquiera. Cómo no ha de parecerme milagroso que aquella castaña no llevara al castaño consigo.

Por supuesto que al respecto hay teorías encontradas, que no todo el mundo es de mi misma opinión ni falta que le hace. Existe una corriente popular (muy popular) que afirma que los árboles se han caído siempre, será que antes intentábamos esquivarlos y ahora en cambio procuramos que nos pillen debajo para poner así en evidencia al equipo de gobierno municipal. O aquella otra versión más literaria según la cual los árboles habrían decidido atacarnos (no sería de extrañar, a estas alturas estarán ya hasta los tocones de todos nosotros) o aún peor, habrían decidido suicidarse. Si ya cantó el insigne (y nunca suficientemente añorado) Labordeta que somos como esos viejos árboles, por qué no imaginar que los árboles puedan ser también como nosotros. Unos putos pringaos al fin y al cabo.

Ya ven, todo este rollo habiéndome caído sólo una castaña, el día que me caiga una rama no sé ya lo que les cuento (si lo cuento). Ya saben, acuérdense de mí, ténganme presente en sus oraciones si no son tan descreídos como yo, porque yo (inasequible al desaliento) seguiré caminando cada mañana (e incluso cada tarde) bajo los árboles de Vallecas, de la Castellana o de las calles con nombre de general. Aunque me vaya la vida en el empeño.

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