Mi hermano y yo, niños ambos, sentados ambos ante el televisor (y ante qué iba a ser, en aquellos tiempos), una tarde cualquiera. Mi abuela (materna) que irrumpe en aquel cuarto de estar, ve el papel sobre la mesa y procede de inmediato a regañarnos (o para ser más preciso, a regañarme, que soy seis años mayor lo cual me convierte en el destinatario natural de todas las broncas): ¡¡¡Ya habéis dejado aquí un papel!!! ¡Siempre estáis dejando cosas por el medio! ¡¡¡Ya verás cuando lo vea tu padre!!! Protesto, contesto aunque me lo prohíban, por una vez tengo coartada: ¡¡¡pero si lo ha dejado papá!!! Mi abuela demuda la color, recula de inmediato, repone con voz trémula: ah no, no, si lo ha dejado tu padre entonces déjalo ahí, que es ahí donde debe estar

Aquella tarde mi abuela, casi sin darse cuenta, me enseñó una de las lecciones más importantes de mi vida: el que un objeto esté en su sitio no depende del objeto ni del sitio, depende de quién lo deje. O ampliando el espectro: el que algo esté bien o mal no depende del hecho en sí, depende de quién lo haga. Cualquier cosa, incluso la misma muerte, puede ser ajusticiamiento o crimen execrable en función del cristal con que se mire, ejemplos a millones hay de ello a lo largo de la historia. La ética es un concepto subjetivo, un mero instrumento al servicio del poder (cada poder, cualquier poder), que lo administrará cuidadosamente en base a su conveniencia. Téngalo muy en cuenta (si no lo tiene ya) en su periódico de cada mañana o su noticiario de cada noche, en su trabajo (si lo hubiere), en sus relaciones personales, en su vida. No le evitará cagarse en todo, pero al menos le ayudará a entenderlo.

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