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wilfred-bob-626006582Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y de cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

(Miguel Hernández)

Fuiste ídolo. No tanto mío porque nunca fui de ídolos (y aún menos futbolísticos), porque a los treintaitantos no se está ya en edad de tener ídolos. Pero lo fuiste, ídolo de tantos sin saber siquiera que lo eras, mito y leyenda desde entonces, desde ahora mismo, desde siempre. Llegaste de Nigeria no supimos bien ni cómo ni por qué, de repente una mañana resultó que te probaban, otra resultó que te quedabas, a la siguiente ya eras titular, antes de que nos diéramos cuenta ya eras uno de los nuestros, ya eras más vallecano que muchos que llevaban por aquí toda una vida. Te teníamos bajo los palos y te teníamos (aún más si cabe) fuera, qué sé yo cuántas mañanas o tardes me crucé contigo en los alrededores del estadio, no digamos ya haciendo la compra por los intrincados pasillos del Alcampo. Eras del barrio, nunca debiste dejar de serlo…

Fuiste un portero diferente, para lo bueno y para lo malo. Presuntos expertos nos decían que eras el típico portero africano (signifique eso lo que signifique), como si os hicieran con molde, como si África fuera sólo un pueblo y no un inmenso continente: extraordinario sobre la raya de gol, bueno con las manos, malo con los pies, fatal en las salidas. Puede ser. Evidentemente no eras perfecto (¿y quién lo es?), de haberlo sido (de haberte aproximado siquiera mínimamente a la perfección) jamás hubieras venido a parar al Rayo.paradawilly Pero yo sólo sé que algunas de las mejores paradas que vi y veré en mi vida te las vi a ti, que algunas permanencias en Primera fueron por ti, que muchas de nuestras exiguas victorias fueron gracias (sobre todo) a ti, derrocando incluso a nuestros multimillonarios y plenipotenciarios vecinos de arriba mientras su facción nazi no encontraba otra respuesta que regurgitar sonidos simiescos e invocar al kukluxklán. Les jodiste pero bien, Willy, casi tanto como nos hiciste felices.

Los puristas (sea eso lo que sea) nos decían que qué locura, gastar una de las tres plazas de extranjero en un portero en esos primeros noventa, cuando aún no había libre circulación de trabajadores ni Bosman ni cotonús. Los puristas nos ponían la cabeza mala, los rivales nos menospreciaban pero nosotros nos sentíamos orgullosos. Orgullosos, sí, no sabes cuánto. Orgullosos cuando te nos fuiste convirtiendo en un auténtico icono del rayismo, orgullosos cuando te buscábamos en los banquillos durante aquel Mundial de USA embutido en tu uniforme de las Águilas Verdes, orgullosos cuando te pedían que ejercieras de Baltasar en la cabalgata del barrio aunque luego un extraño malentendido acabara jodiéndolo todo… Eras nuestro Wilfred, nuestro Willy, cuántas veces lo gritamos a los cuatro vientos, ¡¡¡Willy Willy!!!, ¡¡¡Willy Willy!!!, ¡¡¡Willy Willy!!! casi hasta acabar rompiéndonos las gargantas…

Desapareciste casi igual que llegaste, sin saber muy bien ni cómo ni por qué. Te perdimos la pista, años enteros estuvimos sin saber de ti, tu recuerdo perdido en ese extraño vértigo deportivo que niega lo pasado y vive sólo del presente. Un día nos contaron que estabas pasándolo realmente mal, acarreando cajas en Barajas por una miseria, aceptando cualquier trabajo aún por penoso que fuera para subsistir. Claro que en el fútbol de entonces no se ganaba lo que ahora, que el Rayo nunca fue de los que más pagaban ni tú fuiste nunca de los que más cobraban, pero con todo y con eso nos resultaba inconcebible verte en esa situación… hasta que hace apenas unos días supimos la verdad, hasta que por fin nos enteramos de que te gastaste todo lo que tenías (y hasta lo que no tenías) en tratamientos para intentar salvar a tu mujer gravemente enferma. Inútilmente. El cáncer te arrebató entonces media vida, qué poco tardaría en llevarse también a la otra media.

Reapareciste hace unos meses en tu estadio de siempre, en el descanso de un partido cualquiera, para que la afición te hiciera entrega de una placa y de un poco del cariño que te debía después de tantos años, para volver a aclamarte durante apenas un segundo, ¡¡¡Willy Willy!!!, para que las viejas generaciones le explicaran a las nuevas lo que habías representado en ese club.wilfred-agbonavbare Y reapareciste también (contra todo pronóstico) en televisión, probablemente a tu pesar, en uno de esos programas de telerrealidad que nunca veo, bastante tengo ya con la realidad que me rodea como para necesitar realidades adicionales. Pero me lo contaron y lo busqué, encontré el vídeo aquél en el que explicabas al jefe infiltrado el funcionamiento de la empresa, encontré aquel otro vídeo en el se comprometía a pagarte el viaje a Nigeria para que volvieras a ver a tus hijos… Se te veía bien. Puteado por el trabajo y maltratado por la vida, pero bien. Nada que hiciera pensar que la mierda estuviera ya carcomiéndote por dentro.

Cuánto penar para morirse uno, Willy. No es ya que nunca viajaras a Nigeria para volver a ver a tus hijos, es que ni siquiera tus hijos llegaron a tiempo desde Nigeria para volver a verte a ti. Hasta en eso te jodió la vida, hasta en eso te jodió la muerte. No es ya que se te lleve con cuarenta y ocho años, cuarenta y ocho putos años, una edad a la que jamás debería morirse nadie. Es que por no darte no te dio siquiera un día más, sólo uno, sólo el que necesitabas para que el postrer esfuerzo del Rayo valiera la pena, para que ese avión procedente de Lagos aterrizara justo a tiempo, para hacer realidad ese último deseo tuyo de (aún sedado hasta la náusea, aún más fuera ya que dentro de este mundo) poder ver a tus hijos antes de morir. Ni siquiera eso tuviste, Willy, hay que joderse. Cuánto penar para morirse uno.

Dicen que cuando alguien muere sigue aún viviendo en el recuerdo de los que aquí quedamos, preciosa frase hecha que a ti a estas alturas no te sirve ya de nada (como tampoco te sirvieron tantas otras que escuchaste en vida) pero que al menos será cierta en mi caso, sospecho que también en el de tantos otros como yo. Es así, Willy. Mientras me quede vida y me quede memoria seguirás aquí conmigo, recordándome todos esos buenos ratos que me hiciste pasar, todas esas veces que te vimos volar, todas aquellas mañanas y tardes que gracias a ti fueron un poco (o un mucho) más alegres. Gracias por tanto, Willy, hasta siempre. Descansa en paz.

wilfred44

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