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¡¡¡Hijo, eres estomagante!!!

Me lo decía mi madre cada dos por tres (seis), eres estomagante, a veces, otras era que la sacaba de sus casillas o que la llevaba (o la traía) por la calle de la amargura, mi madre en aquel entonces no leía pero por razones que se me escapan siempre fue muy literaria para la cosa del regañar. Estomagante nada menos, yo aún no sabía lo que significaba (aunque me barruntaba que muy bueno no debía ser, por el tono y el momento en que me lo decía), si se me hubiera ocurrido mirar el diccionario habría sabido que le resultaba desagradable o antipático, si hubiera buscado sinónimos habría encontrado además molesto, cargante, fastidioso, insoportable, latoso, pesado. Esa era la manera que tenía mi madre de reforzar mi autoestima, si bien en su descargo habré de reconocer que en aquellos recios y viriles tiempos a nadie se le hubiera ocurrido jamás imaginar que tuviéramos autoestima. Mariconadas las justas.

Lo crean o no, esa condición de estomagante me sumía en una especie de perpleja culpabilidad. Mi madre en aquellos años padecía ardor de estómago, no era tanto que lo padeciera como que formaba parte de ella, madre y ardor de estómago no eran conceptos independientes sino un todo indisoluble.acidez-5001 No había comida o cena tras la que no se metiera su cotidiana dosis de bicarbonato, si alguna vez (rara vez) salíamos y se le olvidaba llevarlo era como si se acabara el mundo, como si no hubiera un mañana, como si no existieran las farmacias (de guardia, incluso). Hasta que un día dejó de padecerlo sin saber muy bien ni cómo ni por qué, aún hoy me sigo preguntando si dejó de tomar bicarbonato porque le desapareció el ardor de estómago o si le desapareció el ardor de estómago porque dejó de tomar bicarbonato. Pero en aquel entonces mi relación causa-efecto no iba más allá del mero significado del término: si hasta creía yo (en mi tierna ingenuidad) que el franqueo se llamaba así por el señor que aparecía en los sellos, cómo no iba a pensar que su ardor de estómago era la lógica consecuencia de mi capacidad de estomagar. La misma palabra lo dice.

Hoy mi madre tiene ya 82 años y muchísimos achaques (ninguno de ellos decisivo, afortunadamente) como corresponde a su avanzada edad, pero no me consta que el ardor de estómago sea ya uno de ellos, ni de lejos. De hecho si me paro a pensarlo creo que dicho mal le desapareció más o menos en la misma época en que yo me fui de casa, ya ven qué casualidad. Cuando luego he vuelto (ya convenientemente reconvertido en visita, ya siendo yo y mis circunstancias) ya jamás he vuelto a provocarle el mismo efecto, o si se lo he provocado se ha guardado muy mucho de comunicármelo. Dejó de estomagarse cuando dejé de estomagarla, quizá mi condición de estomagante se me fue ya para siempre en cuanto salí de allí, como si sólo eso bastara para dejar de serlo. O quizá no, quién sabe. Quédense con la duda, que por hoy ya les he estomagado lo suficiente.

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