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Va a tener razón Valdano [Acotación al margen, por si alguien no conociera al susodicho: Jorge Valdano es un ex jugador y ex entrenador de fútbol que en el camino entre una cosa y la otra cometió el error de ser también un hombre de letras sin ni siquiera esforzarse en disimularlo, más bien al contrario, haciendo gala de un verbo florido al que recurría sin el menor escrúpulo en cuanto se le presentaba la ocasión.DOCU_GRUPO Jorge Valdano Todo lo cual le granjeó la antipatía, la animadversión e incluso el odio de buena parte de sus conciudadanos, buenas gentes a las que todo pensamiento que vaya más allá de el fútbol es así les resulta directamente sospechoso, tanto más en un país en el que se sacraliza la ignorancia y se proscribe el conocimiento, acaso el único país del mundo en el que el zote se enorgullece de serlo y en cambio el intelectual procura por todos los medios ocultar su condición, no le vayan a crucificar. Fin de la acotación]

Va a tener razón Valdano, decía. O más bien va a tener razón un amigo de Valdano, aquél que (según contara él mismo en cierta ocasión), le dio una vez un sabio consejo, consejo que por otra parte jamás fue capaz de cumplir: Jorge, todos tus problemas te vienen de que repites demasiadas veces la palabra belleza. Si por cada vez que dices belleza dijeras dos veces cojones, te iría mucho mejor en la vida

Habré de reconocer que cuando escribo no suelo utilizar belleza ni aún menos cojones, soy bastante neutro en ese aspecto. Pero para todo hay excepciones, claro. El pasado jueves 17 de septiembre, aún sumido en la espiral de euforia tras nuestra insospechada victoria en la semifinal del Eurobasket contra Francia en Francia, escribí un tuit no desde el cerebro (como sería siempre recomendable) ni desde el corazón ni desde el alma (si la hubiere) sino directamente desde las entrañas. Me dejé llevar por mis más bajos instintos, sé que no debería haberlo hecho pero estas cosas son así, es bien sabido que el corazón tiene razones que la razón no entiende, ahora además sé que a veces los genitales tienen también razones que ni siquiera el corazón entiende. Este fue el fruto de mi enajenación:

cojones

Ya ven, un tuit como otro cualquiera, si bien un poco más salido de madre que otro cualquiera. Uno de tantos como suelo escribir al cabo del día y que tienden a pasar completamente desapercibidos, uno o dos retuits a lo sumo. A veces, en momentos de gran ebullición tuitera como el que nos ocupa, puede suceder que un tuit se me vaya a diez, quince o veinte retuits, e incluso en alguna rarísima ocasión he alucinando viendo cómo un tuit mío era retuiteado más de cien veces, vayan ustedes a saber por qué. Los designios de la red son inescrutables, pero hasta ahora creía mantener dichos designios más o menos bajo control. Hasta ahora.

¿Cómo es posible que un vulgar (a la par que mediocre) tuit, de un humilde tuitero como yo (nada que ver con todos esos tuitstars que pueblan la red) alcance ya a día de hoy la friolera de casi 1.700 retuiteos (a los que habría que añadir esos otros casi 800 que han tenido además la peregrina ocurrencia de guardárselo en sus favoritos)? ¿Se debe sólo a la euforia del momento, a la efervescencia desatada tras aquel épico triunfo? ¿img_szaldua_20150918-000934_imagenes_md_otras_fuentes_cojones-kTeD-U2017448399300EE-652x492@MundoDeportivo-WebO hay algo más? ¿Habría obtenido esta misma repercusión si en vez de escribir al final con cojones hubiera escrito (por ejemplo) con agallas (no digamos ya si hubiera escrito con belleza, a la valdánica manera)?

Cojones es palabra mágica que todo lo puede (así sea a pelo o en cualesquiera de sus derivadas, cojonudo, acojonante, cojonero, cojonazos, etc). Bien utilizada, en el momento correcto y en el lugar preciso, te puede abrir todas las puertas, véase la muestra. Compárese por ejemplo con su traducción al catalán (líbreme el cielo de ahondar aún más si cabe en las diferencias al parecer irreconciliables que tanto nos atribulan en estos días, pero aún así me resulta inevitable el paralelismo): dices collons y queda de lo más elegante, un toque de distinción, un estupor refinado, pura delicadeza, como si en castellano dijeras cáspita, córcholis, caracoles, cosas así. Dices en cambio cojones y se te llena la boca, se te rebosa la saliva por las comisuras, se te expande el ánimo. Pocas cosas tonifican más que unos cojones bien dichos (reitero, siempre y cuando vengan a cuento, ya que nunca faltará gente susceptible que pueda tomárselo a mal). Dices cojones y se para el mundo.

Y es además nuestro vocablo más internacional, acaso uno de los pocos que hayamos sabido exportar en versión original, sin aditivos ni conservantes ni colorantes ni traducciones de ninguna clase. Te lo encuentras tal cual (yo al menos me lo he encontrado ya unas cuantas veces), en perfecto castellano pero perfectamente integrado en la cultura norteamericana, en medio de profundos artículos, sesudas disertaciones y briosas arengas motivacionales en inglés,Sarah-Palin como si apelara al carácter y definiera los atributos mejor que cualquier término anglosajón aún por abrupto que éste fuera. Cuentan que hasta una afamada política estadounidense, no precisamente hispanoparlante (y no menos ultramontana que el concepto en sí mismo) metió una vez los cojones (o más bien la ausencia de los mismos) en medio de un discurso, supongo que para darle énfasis. Y le funcionó, por supuesto. Y más ancha que larga se quedó la buena mujer, como no podía ser de otra manera.

Queda pues científicamente demostrado que el éxito y los cojones van de la mano, habremos de convenir (mal que me pese) que el amigo de Valdano tenía toda la razón, a las pruebas me remito. Así que ya lo sabe, ponga unos cojones en su vida, luego no me diga que no se lo advertí. O aún mejor, vaya siempre por la vida con los cojones en la boca. Así de entrada puede que haya gente a la que le resulte desagradable (seres pusilánimes los hay en todos los sitios, incluso en éste) pero créame que los beneficios obtenidos a medio/largo plazo le compensarán con creces de todos los sinsabores que ello le pueda acarrear. De nada.

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