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Caminaba yo hace algunas tardes por una bella ciudad norteña cuando de repente vi venir hacia mí con paso decidido a un amplio grupo de jóvenes (y no tan jóvenes), lo cual no habría tenido nada de particular de no haber sido porque tras ellos apareció de inmediato otro grupo, y luego otro, y otro más, y así sucesivamente. Pensé así de primeras que acaso se tratara de una manifestación, pensé después que más bien sería algún tipo de competición (dada la velocidad a la que se desplazaban) pero finalmente desistí de ambos pensamientos dado que no vestían ropa deportiva sino casual y que no enarbolaban pancartas sino móviles, cada uno el suyo obviamente. Miraban el móvil mientras caminaban o para ser más preciso, caminaban mientras miraban el móvil, la función motora al servicio de la visual hasta poner incluso en peligro su integridad física, no tanto porque les atropellara un coche al cruzar la calle (que también) como porque se atropellaran ellos solos a sí mismos en su desaforada carrera. Llegaron a ser más de sesenta, puede que no anduvieran lejos del centenar, tentado estuve de unirme a ellos (que es muy probable que alguno se llamara Vicente, y ya se sabe que donde va Vicente va la gente) pero finalmente me contuve casi a la par que empezaban a desanimarse los últimos de la fila ante la evidencia de que aquel esfuerzo no iba a tener ya ningún sentido: ¡¡¡¿pero tú has visto toda la peña que va p’allá?!!! Supongo (desde mi absoluta ignorancia en la materia) que en esto también habrá clases, sospecho que calle arriba no es que hubiera ya un pokemon sino que debía estar la madre de todos los pokémones. O algo así.

Tampoco es que me pillara de sorpresa, no vayan a pensar. Apenas un rato antes, en un céntrico parque de esa misma ciudad, había asistido a la amarga desesperación (o desesperada amargura, no sé) de una adolescente, ¡¡¡pero si es que era amarillo, y estaba aquí…!!! Pero ¿dónde?, le preguntaba su amiga con la empatía propia de estas circunstancias; ¡¡¡Aquí, aquí, aquí mismo!!!, y daba saltitos de rabia mientras señalaba justo delante del banco donde yo me hallaba (y en el que llevaba ya un rato sin que hubiera visto allí nada amarillo ni de ningún otro color, dada mi natural ceguera para estas cosas).pokemon verde Por no hablar de la escena que presencié a la mañana siguiente en una encantadora población pesquera a orillas del cantábrico (ya era encantadora mucho antes de que un antipático médico televisivo estableciera allí consulta y la pusiera de moda): ¡¡¡¿pero quieres dejar ya en paz los pokemon de una puta vez, que hemos venido a ver el pueblo?!!!, preguntaba (imaginen en qué tono) la chica al chico, a lo que éste (sin levantar ni por un segundo la vista de su móvil) respondía ¡joder, si es que aquí hay muchísimos, y no consigo alcanzarlos…! La realidad física (aún por bella que ésta sea) reducida a mero soporte sobre el que sostener la (supuesta) realidad virtual.

No me interpreten esto como una diatriba intergeneracional, líbreme el cielo. Primero porque no creo que sea cuestión de generaciones: en estos días vacacionales vivo cómodamente instalado en mi burbuja familiar, pero conozco a mis clásicos y sé que en cuanto regrese al trabajo encontraré a no menos de diez o doce congéneres (y no púberes precisamente) enganchados a esta tontería. Y segundo porque no soy quién para dar lecciones a nadie, porque todos tenemos nuestro particular opio del pueblo y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra: alguna que otra vez que reproché supuestas adicciones a sálvames, granhermanos y tomates varios me encontré con la consabida respuesta, ¡pues anda queflautista tú con tu baloncesto! (o con tu fútbol, o con…) Y claro que no es lo mismo, ya sé bien que no es lo mismo, por supuesto que no… pero ponte a explicárselo a ellos. Bien están (casi) todas las maneras de escapar de la realidad (porque si no esto no hay quien lo aguante) siempre y cuando no te hagan olvidar que aún formas parte de ella. Puedes dejar que la melodía de esa flauta te deleite, te envuelva, te atrape incluso… pero no que te arrastre, no que te dejes llevar por su música en lugar de ser ésta la que se deje llevar por ti. Deja que te complemente la vida si así lo quieres, pero no permitas que te la remplace. No sé si me explico.

Eso sí, reconozcamos que no hay mal que por bien no venga. Muchos ermitaños del videojuego que no emergían de su crisálida ni para hacer pis se están viendo ahora obligados a salir a la calle (ya que al parecer los pokémones no tienen por costumbre subir por las casas a esperar a que les cacen). La cosa entraña riesgos, más que nada por la falta de costumbre, y seguro que no faltará quien en busca de su presa perezca arrollado en un túnel de metro o en mitad de una autopista de seis carriles. Pero la inmensa mayoría se acabará adaptando finalmente al medio, aún por hostil que éste les pudiera parecer. Y quién sabe, puede que hasta en algún momento entre pokemon y pokemon levanten la cabeza como por descuido y casi sin querer descubran una hermosa fachada, una playa maravillosa o incluso (ya puestos) hasta otro ser humano con el que en un momento dado pudieran llegar a interactuar. No perdamos todavía la esperanza.

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