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Lucía. Primera y tercera persona del singular del pretérito imperfecto de indicativo (suponiendo que se siga llamando así, que lo mismo ahora en vez de pretérito imperfecto se llama ya pasado discontinuo, retardo incierto o cualquier otra cosa parecida) del verbo lucir: yo lucía, tú lucías, él lucía, nosotros lucíamos, vosotros lucíais, ellos lucían. Un mero tiempo verbal.

Sí, claro, y un bello nombre, también. Un nombre de reglamento, con su santoral (13 de diciembre), su patronazgo y sus dichos (que Santa Lucía te conserve la vista). Un nombre tremendamente socorrido para meterlo en coplas, desde las santificadas (dame una cita, vamos al parque, entra en mi vida sin anunciarte) hasta las más míticas (si alguna vez fui un ave de paso lo olvidé pa anidar en tus brazos, si alguna vez fui bello y fui bueno fue enredado en tu cuello y tus senos; y no hay nada más bello que lo que nunca he tenido, ni nada más amado que lo que perdí) pasando por las meramente prescindibles (Lucía siempre se acuesta de día, va sola sin compañía, lleva un vestido ceñido que despierta admiración al pasar; por cierto que en la versión original esta canción no decía Lucía sino Sofía, pero sus autores hubieron de cambiarlo deprisa y corriendo a requerimiento de la censura, no se fuera a ofender la Casa Real). Lucía no pasa de moda, como demuestra este artículo cuyos gráficos he tomado prestados para la ocasión: no hay nombre más puesto a día de hoy en todo el territorio nacional. Arrasa en diez comunidades autónomas, el segundo clasificado (María) le queda a muchísima distancia, en chicos tampoco parece haber ninguno (Hugo, Martín, Alejandro) que alcance siquiera a hacerle sombra. Ya sabe, haga como todos, ponga una Lucía en su vida, eso en el supuesto de que no la tenga ya. Aunque sea pretérito imperfecto.

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¿Dónde quiero llegar a parar? Hace algunas semanas se produjo un hecho de suprema trascendencia planetaria, de esas cosas que si sucedieran en febrero no se enteraría ni dios pero que cuando son en agosto devienen en espectáculo mediático de primera magnitud: unos padres fueron a poner a su hijo Lobo y el funcionario del Registro les dijo que no, que vamos hombre, sólo faltaría, hasta ahí podíamos llegar. Que Lobo no era un nombre. Acabáramos. Que se ve que sí son nombres León, Delfín, Lucio (masculino de Lucía precisamente, sí; pero también pez), Paloma, Urraca, incluso Águila, criaturas de dios todas ellas, no así el lobo que no sé de quién será pero de dios no debe ser dado que no aparece en el santoral. El santoral, a estas alturas. Va a ser eso.

Claro está, como este supremo argumento no se sostenía hubieron de justificar la denegación con otro, y entonces acudieron a que Lobo es un apellido de uso corriente en España y su utilización como nombre podría inducir a error. Tal cual. Ahora acompáñenme de nuevo al cuadro mencionado anteriormente y comprueben si son tan amables cuál es uno de los nombres masculinos más frecuentes en estos días.680x452_lobo Efectivamente, Martín. Que no es por ponerme tocapelotas, mire usted, pero juraría que Martín no es ya que sea apellido corriente sino abundante, incluso. Que no son pocos los términos que comparten habitualmente las funciones de apellido y nombre en nuestra lengua sin que a nadie le hayan temblado jamás las piernas por ello. Que en mi barrio de un tiempo a esta parte florecen los alonsos, Alonso que casi siempre fue (sólo) apellido (recuerden, Alonso Quijano era un personaje de ficción) pero ahora de repente es también nombre y casi plaga, no tardará en liderar los rankings. Que en algún momento de mi vida llegué a tener noticias de la existencia de un Gonzalo Gonzalo, un Martín Martín Martín y hasta un Esteban Esteban Esteban (tal cual) sin que me conste que en ninguno de esos casos el funcionario de registro expresara la menor reserva al respecto. Si acaso (tal vez) un ligero cachondeo ante circunstancia tan peculiar.

eNo son pocos los nombres con significado previo al nombre, al fin y al cabo quien esto escribe (madre con nombre de flor, cónyuge con nombre de animal, hijo con nombre de objetos que se utilizan para enmarcar cuadros o fotos) puede dar buena fe de ello. Hablábamos de animales, pero si quieren continuamos con la botánica: Rosa, Margarita, Begoña, Azucena, Violeta, Dalia, Hortensia, casi no hay flor (y hasta Flor, a secas) que no haya sido considerada digna de nombrar a una mujer (u hombre, si de Jacinto se trata) a poco bien (o no demasiado mal) que suene. Y hasta árboles, que alguna Pino, alguna Encina y algún Olmo he conocido ya. La naturaleza es un campo inabarcable, supongo que porque a alguien en su día le dio por consagrar vírgenes con cualquier pretexto físico o meteorológico y a partir de ahí ya casi cualquier cosa vale: Rocío, Nieves, Luz, Lluvia, Estrella, Mar, Cielo, Valle, Montaña, Peña, Monte, Llano.santoral-sep-12 Y no hablemos ya de los objetos (que llaman) de culto: Rosario, Sagrario, Pilar, Cruz. Opciones las hay a miles y casi todas ellas inspiradas por el dichoso santoral, ese del que no parece que vayamos a podernos librar ni aún por muy aconfesionales, ateos o agnósticos que nos confesemos. Lo llevamos en las entrañas, por lo que se ve.

Claro que aún peores son los nombres que no se corresponden con algo físico sino etéreo, también de origen virginal como no podía ser de otra manera: Remedios, Milagros, Virtudes, Fe, Esperanza, Caridad, Trinidad, Piedad, Felicidad, Anunciación, Visitación, Victoria, Socorro, Consuelo. Claro que si éstos le parecen terribles espere a ver aquellos que no expresan vivencias o emociones positivas sino negativas, que también forman parte (aún más si cabe) de nuestra vida cotidiana: Soledad, Dolores, Desamparados, Angustias, y hasta alguna Martirio (más allá del nombre artístico), Calvario o Suplicio debe haber también por ahí. No por casualidad las Desamparados casi siempre acaban llamándose Amparo (es decir, justo al revés), la Soledad (que no tiene por qué tener connotaciones negativas necesariamente) acaba siendo (Mari)Sol o Sole y las Dolores se reconvierten automáticamente en Lola o Loli, las Angustias en cambio bastante tienen con lo suyo. Hay advocaciones marianas casi para cualquier cosa, y no será difícil que se te aparezca una compañera de trabajo a la que su madre gaditana eligió ponerle María Regla (Regla que oculta celosamente, poniendo especial cuidado en ser simplemente María) o que recuerdes a aquella chica gallega que conociste hace muchos años y a la que bautizaron como Esclavitud (y que llevaba dicha Esclavitud con orgullo, hay gente pa tó). El campo virginal no se acaba nunca, casi todo vale, de hecho aún recuerdo la ilusión que le hizo a mi abuela hace muchísimos años que enfrente de su casa del Paseo de las Delicias naciera una parroquia consagrada (casualmente) a Nuestra Señora de las Delicias. Fíjate, ahora a muchas niñas al nacer les pondrán Delicias, decía sin poder ocultar su satisfacción. No me consta, pero seguro que alguna habrá.

Y luego nos asustamos del Lobo (como nombre, me refiero). O de la Luna, ya puestos. Una compañera (mucho más joven que yo) y su chico decidieron de común acuerdo llamar Luna a la hija que esperaban, y justo entonces toparon no con la Iglesia (que tampoco habría sido de extrañar) ni con el Registro sino con sus padres y sus suegros (abuelos primerizos en ambos casos), que se les echaron encima al grito de pero cómo se os ocurre, pero si Luna es nombre de perro (¿?), llamadla así y la desgraciaréis para toda la vida. Ni que decir tiene que claudicaron (lo cual a mí me dio pena, porque me gustaba el nombre de Luna y porque sé la ilusión que les hacía ponérselo), ni que decir tiene que de aquella Luna sólo quedaron las dos primeras letras, hoy aquella niña se llama (casualmente) Lucía. Otro pretérito imperfecto.

Claro está, esto de desgraciar a alguien para el resto de su vida no deja de ser un concepto subjetivo, especialmente cuando no lo maneja el propio interesado. Probablemente ni se lo plantearon aquellos padres de una amiga de otra amiga, que a la hora de bautizar a su hija no pensaron en otra cosa que no fuera rendir homenaje a sus dos abuelas. Le pusieron Nicéfora Crescenciana, con dos… nombres.santoral-enero-2 Y se quedaron tan anchos. Eso sí, la criatura en cuestión decidió años más tarde que no hacía falta que le desgraciaran la vida entera, que con que le hubieran desgraciado la infancia era ya más que suficiente. Cuentan que en cuanto tuvo edad para ello movió Roma con Santiago (nunca mejor dicho) y se reconvirtió en Elena, y que no dejó de honrar la memoria de sus abuelas por el hecho de no tener que cargar ya con esas dos pesadas losas sobre sus hombros y su DNI.

¿Pensaron acaso mis padres que me desgraciarían la vida (un poquito al menos) poniéndome un nombre tan simple y elemental como José? En mi casa sólo parecía haber dos alternativas viables a la hora de llamar a un hijo, a saber, el nombre del padre o el santo del día, cualquier otra posibilidad ni la contemplaban siquiera. Y dado que el método santo del día estaba empezando a quedarse ya un tanto obsoleto y restringido a las áreas rurales (de habérmelo puesto me llamaría Casimiro, lo que cuadraría sobremanera con mi eterna miopía y mi emergente presbicia) pues digamos que no les quedó ninguna otra opción: fui el primero, nací niño, pues como el padre. Al segundo (y último) le reservaban ponerle como la madre, ni que decir tiene que cuando se encontraron con otro varón (aún no era tiempo de ecografías, no lo podían saber con antelación) se les rompieron por completo todos los esquemas, hasta el punto de que se tiraron dos o tres días sin saber muy bien qué nombre escoger. Al menos esquivaron la tentación de masculinizar el de mi madre (de flor, ya se lo dije), esquivaron incluso la tentación de hacer caso a las enfermeras/monjas de la clínica que se empeñaban en ponerle Glorio por haber nacido el (que decían) sábado de ídem. Algo es algo.

Así que yo era José, José a secas, que acaso hoy puedan pensar que entonces era de lo más normal pero nada más lejos de la realidad. Los Sesenta, al menos en mi barrio y mi colegio, eran el reino de los nombres compuestos. Como un quiero y no puedo, como si el tener (al menos) dos nombres en vez de uno te abriera todas las puertas. Quizás no fueras nadie, pero ponías a tu hijo Manuel Enrique, Gabriel Jesús o Fernando Ernesto (también había mucho de homenaje a los abuelos en estas mezclas) y ya parecía que se te elevaba tu estatus social. Los Sesenta (y siguientes) fueron sobre todo el reino de los Juan Antonio (a cientos), los Miguel Ángel (a miles, casi todos reconvertidos luego en Míguel, con acento en la í), los Juan Carlos (a millones, aún en tiempos premonárquicos) y los Francisco Javier (a trillones, aunque luego casi todos acabaran siendo Javi). Eso en chicos, que en chicas las Mari Carmen eran casi nueve de cada diez si me permiten la ligerísima exageración.

saramagoLlegaba yo al cole, me preguntaban el nombre, decía José, me repreguntaban José qué más, respondía que José sólo y me miraban como si fuera un extraterrestre. Y no era de extrañar, dado que a mi alrededor había José Luis, José Manuel, José María, José Antonio, José Miguel, José Ángel, José Javier, José Carlos, José Ramón, José Jesús, José Francisco, José Pedro, José Ignacio, José Alfredo, José Vicente, José Eugenio, José Eulogio, José Enrique, José Alberto, José Augusto, José Faustino, José Feliciano, José Salvador, José Loquefuera, José a secas jamás, ni uno siquiera llegué a encontrarme a todo lo largo de mi infancia y/o adolescencia. Si hasta había en aquellos tiempos un cantante (¿mexicano?) que se hacía llamar José José (quiero pensar que fuera nombre artístico), el colmo de la compuestez me parecía ya aquello, tentado estuve de imitarle y duplicármelo para no ser el único de mi clase que no tuviera dos.

Claro que esto al fin y al cabo era llevadero, lo verdaderamente insoportable provenía de mi propia casa. Como a mi padre siempre le habían llamado Pepe, el niño (o sea yo) de inmediato se convirtió en Pepito, y Pepito que se quedó para toda la eternidad.pepito_logo Durante mi más tierna infancia no me importó demasiado, pero cuando dejó de ser tierna empecé poco a poco a tomar conciencia del crimen que estaban cometiendo conmigo. Claro que aún podía ser peor, aún podía llamar algún compañero para preguntarme cualquier cosa de los deberes, aún lo podía coger mi madre y gritar ¡¡¡Pepito, al teléfono!!! Ni que decir tiene que al compañero en cuestión (Cabrera, el hijoputa aquél) le faltó el tiempo para contarlo en clase al día siguiente, ni que decir tiene el descojone que tuve que aguantar a mi alrededor. Ese día me planté. Recuerdo que llegué a casa (doce o trece años tendría, no más), monté el pollo y dije que hasta aquí habíamos llegado, que no quería que me volvieran a llamar Pepito nunca más en lo que me quedara de vida. Más o menos lo conseguí (no sin dificultades) en el ámbito de las cuatro paredes de mi casa, pero el mal ya estaba hecho al otro lado: vecinos, tíos, primos, conocidos, parientes lejanos y demás gentes de mal vivir. Mucho tiempo después, ya con cónyuge a mi vera e hijo en brazos, ya bien entrado en años y en carnes y en calvas y en canas, aún hube de aguantar que al ir a comer a casa de mis padres se me cruzara un antiguo (a la par que anciano) vecino por la escalera y me espetara ¡Hombre Pepito, qué hay, qué tal te va! Pepito forever and ever.

Ya lo ven, se puede ser infeliz con un nombre tal simple como el mío (hasta el punto de que en cuanto puedo lo escondo detrás de un nick) y se puede ser en cambio inmensamente feliz llevando un nombre tan absurdo como Maximino, el mismo Maximino que heredó de su padre y éste de su abuelo y éste de su bisabuelo y éste a su vez de su tatarabuelo y así sucesivamente,nombres-maximino-g el mismo Maximino que heredará su primogénito (en el supuesto de que lo tenga) y más tarde heredará su nieto y su etcétera etcétera etcétera generación tras generación, Maximino tras Maximino tras Maximino hasta perpetuar su maximinidad. Siempre me pareció un nombre ridículo, una contradicción en sí mismo, maxi-mino, aumentativo y diminutivo a la vez, para qué lo agrandas si después lo disminuyes, primero lo elevas a los altares y luego lo dejas caer. En cambio él lo llevaba con indisimulado orgullo, ser rico de cuna es lo que tiene. Lo tuve de jefe (de qué otra cosa habría de tener yo a un ser semejante) y sus esbirros no tardamos en rebautizarlo como Minimax.

Sobre gustos no hay nada escrito decía mi abuela, y añadía además que para gustos los colores (claro que también decía a veces que hay gustos que merecen palos, es lo bueno que tienen los refranes, siempre hay versiones contradictorias para poder utilizarlas según te convenga en cada ocasión). La cosa del Lobo (qué buen turrón) coló finalmente y está muy bien que así fuera, con la de cosas que nos tocan los higadillos a diario ya hay que tenerlos bien cuadraos para ponerse a prohibir semejante nimiedad. No, yo no pondría a un hijo Lobo como tampoco le pondría Maverick (no sé por qué se me viene ahora ese nombre a la cabeza), ni por asomo. Pero aún menos le pondría Maximino (por ejemplo), aún menos llamaría a una hija Angustias o Virtudes (no digamos ya Esclavitud), aún menos le pondría tantos otros nombres que a mí particularmente me parecen espantosos pero que otros portan con inmensa felicidad. Es más, aún menos pondría a un hijo mi propio nombre, no se lo puse al único que tuve y mi buen disgusto me costó con mi padre cuando supo que su primer nieto no iba a ser José como él y como yo. ¡¡¡¿Pero de dónde os habéis sacado el nombrecito?!!! nos preguntó cuando le dijimos cómo se iba a llamar, sin intentar siquiera disimular su cólera. Tentados estuvimos de responderle con precisión pero finalmente nos contuvimos, que al fin y al cabo no dejaba de ser mi progenitor y tampoco era cuestión de faltarle al respeto.

Prohibido prohibir, aunque aquí seamos más papistas que el papa y más reglamentistas que el reglamento mismo. No hará falta que les recuerde que en según qué zonas de Latinoamérica vemos cada dos por tres seres humanos llamados Darwin, Rommel, incluso Stalin, fruto de que algunos padres decidieron llevar su admiración por ciertos personajes históricos demasiado lejos. Y hasta cuentan que el Roberto Carlos futbolista se llamó así porque sus padres eran fanes del Roberto Carlos cantante (estaría curioso que a quienes luego pusieron a su retoño Roberto Carlos por admiración al futbolista les saliera el hijo cantante, siquiera fuera para cerrar el círculo), y hasta cuentan que el Romario futbolista se llamó así porque sus padres (favela de Rio, pobreza extrema, sin otro lujo que un televisor, sin otra cultura que la que emergía del televisor) admiraban a aquel personaje televisivo que conocía cualquier palabra que le preguntaran aún por extraña que ésta fuera, Romario, el Hombre Diccionario. Y que un poco más al norte el señor y la señora Bryant pusieron a su hijo Kobe porque les encantó el plato aquél de carne que cenaron en un restaurante de Philadelphia (imaginen si en vez ir a un japonés hubieran ido a un asturiano, Cachopo Bryant).nombres_general Y que allá en USA reina ya la anarquía y el todo vale, casi cualquier combinación de consonantes y vocales mínimamente legible es susceptible de serle adjudicada a un recién nacido signifique algo o no, suene bien o no, repasen las promociones que llegan al baloncesto universitario o que se asoman a la NBA (o a cualquier otro ámbito, cito éste porque es el que frecuento) si aún les queda alguna duda.

En resumidas cuentas, si piensan tener una criatura llámenle cómo les dé la real gana, sin santorales ni presiones ni complejos, sin otros límites que sus deseos y su sentido común (el menos común de los sentidos, dado que cada cual cree tener el suyo). Pónganse en el lugar de su retoño, imaginen qué le haría feliz y a partir de ahí láncense a la piscina: asumiendo que lo que hoy piensen nada tendrá que ver con lo que piense él/ella cuando se haga mayor y cargue con ello; y asumiendo también que nunca van a poder controlarlo todo, que ciertas cosas no están en sus manos: piensen que a lo largo de mi vida laboral he conocido un Jesús Gil, un Fernando Alonso, una Paula Vázquez o una María Teresa Campos, quién le iba a decir a sus padres que a todas esas combinaciones tan aparentemente inocuas la coincidencia con el famoseo les acabaría complicando la vida. No se compliquen ustedes la suya, por favor. Déjense llevar, relájense y disfruten (mientras puedan) y hagan lo que les parezca, así se trate de nombre clásico o moderno; así sea astro, flor, animal, objeto inanimado, fenómeno meteorológico, ente etéreo, mera combinación de letras o incluso (ya puestos) pretérito imperfecto.

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