wolkenkratzer-pause

Quienes me lean desde hace años (alguien habrá) recordarán quizá que antes de este blog de baloncesto tuve otro, que respondía al absurdo nombre de Correcalles y se alojaba en (lo que fue) La Comunidad de El País, tiempos aquellos en los que aún podías alojarte en El País sin que te remordiera la conciencia. Lo que ya no recordarán de ningún modo es que simultaneé aquel blog con otro (que en realidad era el mismo) en La Comunidad del diario As. Sí, no me pongan esa cara: El País y As son parientes cercanos, y como tales montaron plataformas hermanas para alojar blogs amateurs. Y yo (ingenuo de mí) pensé por un momento que si mi blog era de temática deportiva, tenía todo el sentido que se pudiera leer (también) en un periódico deportivo…correcalles-22 No me lo tengan en cuenta, más que nada porque apenas duré allí dos o tres entregas. Recuerdo que escribía mi entrada, que la publicaba en el blog de El País y seguidamente hacía copiapega y me la llevaba también al de As, así hasta que un comentario me puso en mi sitio y me obligó a desistir ya para siempre de mi empeño: está muy bien, pero… la próxima vez un poquito más corto, ¿vale? Me quedé de piedra. Créanme si les digo que aquel puede que fuera uno de los posts más breves que jamás he escrito, créanme si les digo que sólo tenía un párrafo y apenas sobrepasaba las ocho líneas. ¿Y al lector de As le parecía largo? (Vamos, que si hubiera visto cualquier otro escrito mío habría huido despavorido). Entendí de inmediato que ese no era mi sitio, no sé si hay algún sitio que sea en verdad mi sitio pero aquél desde luego no podía serlo. No podía ser mi sitio un medio cuyos lectores no están predispuestos para procesar todo aquello que sobrepase las dimensiones de un mero titular.

La anécdota data de hace nueve años (ni conocíamos Twitter siquiera), y desde entonces no hemos hecho más que involucionar. En ambas vertientes, la del lector y la del escribidor. Yo reconozco mi parte, cómo no: padezco de incontinencia verbal (o en tratándose de teclados, más bien incontinencia dactilar). Escribo (demasiado) largo, no es que lo diga yo sino que me lo han dicho no pocas veces ustedes, no es que me lo digan ustedes sino que me lo ha dicho no pocas veces mi señora viéndome teclear, buah, eso tan largo no te lo va a leer ni dios (ahí, reforzando mi autoestima). Tienen razón, cómo no habrían de tenerla. Eso sí, en mi descargo habré de alegar que no me debo tanto a mi público como a mí mismo: no escribo para ganarme la vida ni para (aún menos) soñar con ganármela, tengo ya demasiados años como para no saber que ya no viviré de otra cosa distinta de la que ya vivo. Hago esto por puro amor al arte (es un decir, lo del arte), pretendo gustar a quienes me lean pero también (y sobre todo) a mí mismo. Lo primero no puedo controlarlo, obviamente. Lo segundo sí. Trato de sentirme en paz conmigo mismo, y eso sólo lo consigo contando exactamente lo que quiero contar, así ocupe tres centímetros o (más frecuentemente) tres kilómetros. Con que me guste a mí ya me doy con un canto en los dientes, si luego resulta que también le gusta a alguien más pues mejor que mejor.

Reconocida mi parte, pasemos ahora a la parte contratante (por así decirlo). Lo siento, no puedo con esa sacralización de la inmediatez, la brevedad y la concisión que nos ha tocado vivir. Como si hubiéramos cambiado el ritmo de nuestra existencia, como si ya no la midiéramos en libros sino en tuits, ya no en películas sino en clips de dos minutos cuando no de diez segundos. Como si el mero hecho de fijar nuestra atención en una página o una pantalla nos hiciera pensar que se nos está escapando la vida, como si cualquier cosa que se tarde en leer más de un instante fuera ya una pérdida de tiempo. No por dios, hay que cambiar de actividad constantemente, compulsivamente, ahora pincho aquí y ahora allá y ahora acullá, nuestros medios lo saben y lo fomentan tendiéndonos cebos para que piquemos una y otra vez, cientos, miles, millones de veces, qué más da la calidad, importa sólo la cantidad. Como en aquellas pintadas comamierdaácratas que se leían en el metro en mis (lejanísimos) años mozos, cienmil millones de moscas no pueden equivocarse: coma mierda. Vale para la telebasura, vale también (y cada vez más) para Internet a poco que nos descuidemos. Y nos descuidamos, vaya si nos descuidamos, yo el primero: son telas de araña demasiado tupidas como para que resulte fácil escapar.

Algunos deploramos el aquí te pillo aquí te mato. Algunos (manifiestamente obsoletos, como aquello mismo que reivindicamos) reivindicamos la pausa. Frente a la comida rápida, la olla express, el microondas o la Thermomix algunos siempre defenderemos la cocción a fuego lento, así en la cocina como en la vida. Y no lo digo por arrimar el ascua a mi sardina (que no está ya la pobre para que le arrimen muchas ascuas), no lo digo sólo como emisor sino (aún más si cabe) como receptor. Probablemente padezco una extraña perversión, habré de reconocerla aquí mismo aunque me avergüence: cuando disfruto leyendo (o viendo, o haciendo) algo, no tengo ninguna prisa por que se me acabe. Es decir, si no me gusta estaré deseando que se termine (y si no lo hace ya la terminaré yo) pero si me entusiasma querré que dure, incluso más allá de lo razonable. ¿Lo bueno si breve dos veces bueno? Y una leche. Y aunque así fuera, no deja de ser un mero condicional. Es decir, lo bueno si breve dos veces bueno no implica que todo lo breve sea necesariamente bueno, como pretenden hacernos creer. Y aún menos implica que todo lo bueno haya de ser necesariamente breve. Si es breve será dos veces bueno (o no), pero no dejará de ser bueno por no ser breve. No sé si me explico.

perarnauComo sé que les estoy aburriendo (que esto ya no es ni breve ni bueno) voy a dejar por un momento el tema en manos de alguien que lo explica muchísimo mejor que yo. Deberían conocer a Martí Perarnau, pero si así no fuera déjenme que les cuente que el susodicho (brillante saltador de altura en sus años mozos, brillante escritor a día de hoy) es además el responsable de una de las mejores publicaciones deportivas que encontrarse puedan en el mercado (así real como virtual). Y que es también (entre otras muchas cosas) el autor de estos tres párrafos que les copio a continuación:

simprisa

No es ya que lo suscriba, es que hasta le hago (virtualmente) la ola. No puedo estar más de acuerdo. Y sin embargo el brevismo ahí sigue, erre que erre, empeñado en que todos aquellos que no entremos por el aro paguemos cara nuestra obsolescencia. Obsoleto está ya incluso este mismo medio en que les escribo, esta cosa que hemos dado en llamar blogs. Antes, cuando queríamos contar una historia que no nos cabía en un tuit, nos íbamos a contarla a otro lugar y luego volvíamos a Twitter y poníamos un enlace, ya ven ustedes qué vulgaridad. Ahora ya no. Ahora, cuando queremos contar una historia que no nos cabe en tuit, la ponemos en dos. O en tres. O en treinta o en trescientos o en tresmil tuits consecutivos, y a tan genial idea le llamamos hilo. Hilo de tuits. Tal cual. Como si contarla toda de una pieza ya no le interesara a nadie, como si contarla en pequeñas (e interminables) dosis de 140 caracteres (que te dejas la neurona persiguiendo el puto hilo) fuese en cambio la repanocha, el culmen, la vanguardia de la moda, el hito supremo de la originalidad. ¿Imaginan que alguien que escribiera a mano desdeñara los folios y optara por hacerlo en papeles de fumar, o en el reverso de billetes de metro? ¿Llegará incluso el día en que un escritor publique una novela entera a base de tuits? (Por si acaso ahí les dejo la idea, y gratis). Ya no es que hayamos sustituido la cocción a fuego lento por la comida rápida, ya es que hasta la comida rápida se nos hace lenta y hemos optado por sustituirla con píldoras de esas que decían que les daban a los astronautas para reemplazar su alimentación (típica leyenda urbana de mis años mozos, no se me apuren). Niño, déjate de fabada y tómate en su lugar este montón de pastillas, que no te sabrán a nada pero a la larga te van a hacer el mismo efecto. A eso le llamamos modernidad.

Lo reconozco, soy muy raro, a estas alturas ya lo habrán notado todos aquellos que no me conocieran. Prefiero hacer una sola cosa bien que quince mal. Prefiero pasar varias noches en una única ciudad antes que apuntarme a cualquiera de esos tours que te ofrecen ¿conocer? chiquicientas ciudades en apenas quince días. Prefiero leer un libro a consultar veinte reseñas, prefiero ver un partido entero antes que tragarme doscientos resúmenes o cuatrocientos vídeos de esos tan bonitos que ahora llaman highlights. No cambio una película íntegra por un montón de tpausaráilers, no cambio un solo disco por unos cuantos videoclips. Soy así, qué le voy a hacer. Sé que me iré a la tumba habiéndome perdido muchas cosas, como sé también que quienes creen abarcarlo todo se las están perdiendo igual (y aún más si cabe) aunque no se den cuenta. Sé que aquellos incapaces de mantener su atención en nada que dure más de dos minutos difícilmente podrán entenderme (ni yo a ellos, es mutuo) pero eso no habrá de preocuparles ni de preocuparme, cada uno es hijo de su época. No soy mejor ni peor, soy simplemente antiguo, como antigua parece estar quedándose esa vieja creencia de que cada cosa requiere su tiempo. Yo no les pido que cambien, me basta con que no intenten cambiarme a mí tampoco: escribo como me sale, con las palabras que me salen, ni más ni menos; si les parecen demasiadas no hace falta que me lo reprochen, con que no lo lean es más que suficiente.

Hubo hace unos cuantos años un afamado futbolista (con apodo de ave carroñera) de quien se dijo que su mayor virtud era la pausa. En un deporte que parece primar la velocidad de ejecución por encima de todas las cosas él rompía el molde, él recibía en la frontal y se paraba y descomponía de tal manera los esquemas a sus defensores que éstos contra todo pronóstico se paraban también, en una especie de efecto hipnótico: incapaces de procesar aquel enigma, incapaces de anticipar lo que les podía venir a continuación.leilaguerriero2diegosampere-644x362 En un mundo acelerado nada hay más revolucionario que pararse, en esta vida de ruido y furia nada resulta más rompedor que el silencio. En esta era de (por ponerles otra metáfora más, que les he puesto pocas) producción industrial en serie, cadenas de montaje y trabajo a destajo algunos siempre reivindicaremos la elaboración artesana: aunque resulte mucho más laboriosa su preparación, aunque ocupe muchísimo más tiempo su degustación. O por decirlo (otra vez) en palabras muchísimo mejores que las mías, me despido y les dejo en la grata compañía de la maravillosa escritora argentina Leila Guerriero (si aún no la conocen ya están tardando), y más concretamente de este breve artículo que publicó hace unos meses y que para algunos (entre los que me cuento) es ya casi texto de cabecera. (Podría limitarme a ponerles el enlace, pero les conozco y sé que les iba a dar pereza pinchar en él; así que por el mismo precio se lo pego aquí debajo, no se me vayan a escapar sin darse el gusto). Y cómo no, gracias, muchísimas gracias por su tiempo y su atención. Por su pausa.

amasar

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