apología de la pausa

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Quienes me lean desde hace años (alguien habrá) recordarán quizá que antes de este blog de baloncesto tuve otro, que respondía al absurdo nombre de Correcalles y se alojaba en (lo que fue) La Comunidad de El País, tiempos aquellos en los que aún podías alojarte en El País sin que te remordiera la conciencia. Lo que ya no recordarán de ningún modo es que simultaneé aquel blog con otro (que en realidad era el mismo) en La Comunidad del diario As. Sí, no me pongan esa cara: El País y As son parientes cercanos, y como tales montaron plataformas hermanas para alojar blogs amateurs. Y yo (ingenuo de mí) pensé por un momento que si mi blog era de temática deportiva, tenía todo el sentido que se pudiera leer (también) en un periódico deportivo…correcalles-22 No me lo tengan en cuenta, más que nada porque apenas duré allí dos o tres entregas. Recuerdo que escribía mi entrada, que la publicaba en el blog de El País y seguidamente hacía copiapega y me la llevaba también al de As, así hasta que un comentario me puso en mi sitio y me obligó a desistir ya para siempre de mi empeño: está muy bien, pero… la próxima vez un poquito más corto, ¿vale? Me quedé de piedra. Créanme si les digo que aquel puede que fuera uno de los posts más breves que jamás he escrito, créanme si les digo que sólo tenía un párrafo y apenas sobrepasaba las ocho líneas. ¿Y al lector de As le parecía largo? (Vamos, que si hubiera visto cualquier otro escrito mío habría huido despavorido). Entendí de inmediato que ese no era mi sitio, no sé si hay algún sitio que sea en verdad mi sitio pero aquél desde luego no podía serlo. No podía ser mi sitio un medio cuyos lectores no están predispuestos para procesar todo aquello que sobrepase las dimensiones de un mero titular.

La anécdota data de hace nueve años (ni conocíamos Twitter siquiera), y desde entonces no hemos hecho más que involucionar. En ambas vertientes, la del lector y la del escribidor. Yo reconozco mi parte, cómo no: padezco de incontinencia verbal (o en tratándose de teclados, más bien incontinencia dactilar). Escribo (demasiado) largo, no es que lo diga yo sino que me lo han dicho no pocas veces ustedes, no es que me lo digan ustedes sino que me lo ha dicho no pocas veces mi señora viéndome teclear, buah, eso tan largo no te lo va a leer ni dios (ahí, reforzando mi autoestima). Tienen razón, cómo no habrían de tenerla. Eso sí, en mi descargo habré de alegar que no me debo tanto a mi público como a mí mismo: no escribo para ganarme la vida ni para (aún menos) soñar con ganármela, tengo ya demasiados años como para no saber que ya no viviré de otra cosa distinta de la que ya vivo. Hago esto por puro amor al arte (es un decir, lo del arte), pretendo gustar a quienes me lean pero también (y sobre todo) a mí mismo. Lo primero no puedo controlarlo, obviamente. Lo segundo sí. Trato de sentirme en paz conmigo mismo, y eso sólo lo consigo contando exactamente lo que quiero contar, así ocupe tres centímetros o (más frecuentemente) tres kilómetros. Con que me guste a mí ya me doy con un canto en los dientes, si luego resulta que también le gusta a alguien más pues mejor que mejor.

Reconocida mi parte, pasemos ahora a la parte contratante (por así decirlo). Lo siento, no puedo con esa sacralización de la inmediatez, la brevedad y la concisión que nos ha tocado vivir. Como si hubiéramos cambiado el ritmo de nuestra existencia, como si ya no la midiéramos en libros sino en tuits, ya no en películas sino en clips de dos minutos cuando no de diez segundos. Como si el mero hecho de fijar nuestra atención en una página o una pantalla nos hiciera pensar que se nos está escapando la vida, como si cualquier cosa que se tarde en leer más de un instante fuera ya una pérdida de tiempo. No por dios, hay que cambiar de actividad constantemente, compulsivamente, ahora pincho aquí y ahora allá y ahora acullá, nuestros medios lo saben y lo fomentan tendiéndonos cebos para que piquemos una y otra vez, cientos, miles, millones de veces, qué más da la calidad, importa sólo la cantidad. Como en aquellas pintadas comamierdaácratas que se leían en el metro en mis (lejanísimos) años mozos, cienmil millones de moscas no pueden equivocarse: coma mierda. Vale para la telebasura, vale también (y cada vez más) para Internet a poco que nos descuidemos. Y nos descuidamos, vaya si nos descuidamos, yo el primero: son telas de araña demasiado tupidas como para que resulte fácil escapar.

Algunos deploramos el aquí te pillo aquí te mato. Algunos (manifiestamente obsoletos, como aquello mismo que reivindicamos) reivindicamos la pausa. Frente a la comida rápida, la olla express, el microondas o la Thermomix algunos siempre defenderemos la cocción a fuego lento, así en la cocina como en la vida. Y no lo digo por arrimar el ascua a mi sardina (que no está ya la pobre para que le arrimen muchas ascuas), no lo digo sólo como emisor sino (aún más si cabe) como receptor. Probablemente padezco una extraña perversión, habré de reconocerla aquí mismo aunque me avergüence: cuando disfruto leyendo (o viendo, o haciendo) algo, no tengo ninguna prisa por que se me acabe. Es decir, si no me gusta estaré deseando que se termine (y si no lo hace ya la terminaré yo) pero si me entusiasma querré que dure, incluso más allá de lo razonable. ¿Lo bueno si breve dos veces bueno? Y una leche. Y aunque así fuera, no deja de ser un mero condicional. Es decir, lo bueno si breve dos veces bueno no implica que todo lo breve sea necesariamente bueno, como pretenden hacernos creer. Y aún menos implica que todo lo bueno haya de ser necesariamente breve. Si es breve será dos veces bueno (o no), pero no dejará de ser bueno por no ser breve. No sé si me explico.

perarnauComo sé que les estoy aburriendo (que esto ya no es ni breve ni bueno) voy a dejar por un momento el tema en manos de alguien que lo explica muchísimo mejor que yo. Deberían conocer a Martí Perarnau, pero si así no fuera déjenme que les cuente que el susodicho (brillante saltador de altura en sus años mozos, brillante escritor a día de hoy) es además el responsable de una de las mejores publicaciones deportivas que encontrarse puedan en el mercado (así real como virtual). Y que es también (entre otras muchas cosas) el autor de estos tres párrafos que les copio a continuación:

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No es ya que lo suscriba, es que hasta le hago (virtualmente) la ola. No puedo estar más de acuerdo. Y sin embargo el brevismo ahí sigue, erre que erre, empeñado en que todos aquellos que no entremos por el aro paguemos cara nuestra obsolescencia. Obsoleto está ya incluso este mismo medio en que les escribo, esta cosa que hemos dado en llamar blogs. Antes, cuando queríamos contar una historia que no nos cabía en un tuit, nos íbamos a contarla a otro lugar y luego volvíamos a Twitter y poníamos un enlace, ya ven ustedes qué vulgaridad. Ahora ya no. Ahora, cuando queremos contar una historia que no nos cabe en tuit, la ponemos en dos. O en tres. O en treinta o en trescientos o en tresmil tuits consecutivos, y a tan genial idea le llamamos hilo. Hilo de tuits. Tal cual. Como si contarla toda de una pieza ya no le interesara a nadie, como si contarla en pequeñas (e interminables) dosis de 140 caracteres (que te dejas la neurona persiguiendo el puto hilo) fuese en cambio la repanocha, el culmen, la vanguardia de la moda, el hito supremo de la originalidad. ¿Imaginan que alguien que escribiera a mano desdeñara los folios y optara por hacerlo en papeles de fumar, o en el reverso de billetes de metro? ¿Llegará incluso el día en que un escritor publique una novela entera a base de tuits? (Por si acaso ahí les dejo la idea, y gratis). Ya no es que hayamos sustituido la cocción a fuego lento por la comida rápida, ya es que hasta la comida rápida se nos hace lenta y hemos optado por sustituirla con píldoras de esas que decían que les daban a los astronautas para reemplazar su alimentación (típica leyenda urbana de mis años mozos, no se me apuren). Niño, déjate de fabada y tómate en su lugar este montón de pastillas, que no te sabrán a nada pero a la larga te van a hacer el mismo efecto. A eso le llamamos modernidad.

Lo reconozco, soy muy raro, a estas alturas ya lo habrán notado todos aquellos que no me conocieran. Prefiero hacer una sola cosa bien que quince mal. Prefiero pasar varias noches en una única ciudad antes que apuntarme a cualquiera de esos tours que te ofrecen ¿conocer? chiquicientas ciudades en apenas quince días. Prefiero leer un libro a consultar veinte reseñas, prefiero ver un partido entero antes que tragarme doscientos resúmenes o cuatrocientos vídeos de esos tan bonitos que ahora llaman highlights. No cambio una película íntegra por un montón de tpausaráilers, no cambio un solo disco por unos cuantos videoclips. Soy así, qué le voy a hacer. Sé que me iré a la tumba habiéndome perdido muchas cosas, como sé también que quienes creen abarcarlo todo se las están perdiendo igual (y aún más si cabe) aunque no se den cuenta. Sé que aquellos incapaces de mantener su atención en nada que dure más de dos minutos difícilmente podrán entenderme (ni yo a ellos, es mutuo) pero eso no habrá de preocuparles ni de preocuparme, cada uno es hijo de su época. No soy mejor ni peor, soy simplemente antiguo, como antigua parece estar quedándose esa vieja creencia de que cada cosa requiere su tiempo. Yo no les pido que cambien, me basta con que no intenten cambiarme a mí tampoco: escribo como me sale, con las palabras que me salen, ni más ni menos; si les parecen demasiadas no hace falta que me lo reprochen, con que no lo lean es más que suficiente.

Hubo hace unos cuantos años un afamado futbolista (con apodo de ave carroñera) de quien se dijo que su mayor virtud era la pausa. En un deporte que parece primar la velocidad de ejecución por encima de todas las cosas él rompía el molde, él recibía en la frontal y se paraba y descomponía de tal manera los esquemas a sus defensores que éstos contra todo pronóstico se paraban también, en una especie de efecto hipnótico: incapaces de procesar aquel enigma, incapaces de anticipar lo que les podía venir a continuación.leilaguerriero2diegosampere-644x362 En un mundo acelerado nada hay más revolucionario que pararse, en esta vida de ruido y furia nada resulta más rompedor que el silencio. En esta era de (por ponerles otra metáfora más, que les he puesto pocas) producción industrial en serie, cadenas de montaje y trabajo a destajo algunos siempre reivindicaremos la elaboración artesana: aunque resulte mucho más laboriosa su preparación, aunque ocupe muchísimo más tiempo su degustación. O por decirlo (otra vez) en palabras muchísimo mejores que las mías, me despido y les dejo en la grata compañía de la maravillosa escritora argentina Leila Guerriero (si aún no la conocen ya están tardando), y más concretamente de este breve artículo que publicó hace unos meses y que para algunos (entre los que me cuento) es ya casi texto de cabecera. (Podría limitarme a ponerles el enlace, pero les conozco y sé que les iba a dar pereza pinchar en él; así que por el mismo precio se lo pego aquí debajo, no se me vayan a escapar sin darse el gusto). Y cómo no, gracias, muchísimas gracias por su tiempo y su atención. Por su pausa.

amasar

pretérito imperfecto

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Lucía. Primera y tercera persona del singular del pretérito imperfecto de indicativo (suponiendo que se siga llamando así, que lo mismo ahora en vez de pretérito imperfecto se llama ya pasado discontinuo, retardo incierto o cualquier otra cosa parecida) del verbo lucir: yo lucía, tú lucías, él lucía, nosotros lucíamos, vosotros lucíais, ellos lucían. Un mero tiempo verbal.

Sí, claro, y un bello nombre, también. Un nombre de reglamento, con su santoral (13 de diciembre), su patronazgo y sus dichos (que Santa Lucía te conserve la vista). Un nombre tremendamente socorrido para meterlo en coplas, desde las santificadas (dame una cita, vamos al parque, entra en mi vida sin anunciarte) hasta las más míticas (si alguna vez fui un ave de paso lo olvidé pa anidar en tus brazos, si alguna vez fui bello y fui bueno fue enredado en tu cuello y tus senos; y no hay nada más bello que lo que nunca he tenido, ni nada más amado que lo que perdí) pasando por las meramente prescindibles (Lucía siempre se acuesta de día, va sola sin compañía, lleva un vestido ceñido que despierta admiración al pasar; por cierto que en la versión original esta canción no decía Lucía sino Sofía, pero sus autores hubieron de cambiarlo deprisa y corriendo a requerimiento de la censura, no se fuera a ofender la Casa Real). Lucía no pasa de moda, como demuestra este artículo cuyos gráficos he tomado prestados para la ocasión: no hay nombre más puesto a día de hoy en todo el territorio nacional. Arrasa en diez comunidades autónomas, el segundo clasificado (María) le queda a muchísima distancia, en chicos tampoco parece haber ninguno (Hugo, Martín, Alejandro) que alcance siquiera a hacerle sombra. Ya sabe, haga como todos, ponga una Lucía en su vida, eso en el supuesto de que no la tenga ya. Aunque sea pretérito imperfecto.

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¿Dónde quiero llegar a parar? Hace algunas semanas se produjo un hecho de suprema trascendencia planetaria, de esas cosas que si sucedieran en febrero no se enteraría ni dios pero que cuando son en agosto devienen en espectáculo mediático de primera magnitud: unos padres fueron a poner a su hijo Lobo y el funcionario del Registro les dijo que no, que vamos hombre, sólo faltaría, hasta ahí podíamos llegar. Que Lobo no era un nombre. Acabáramos. Que se ve que sí son nombres León, Delfín, Lucio (masculino de Lucía precisamente, sí; pero también pez), Paloma, Urraca, incluso Águila, criaturas de dios todas ellas, no así el lobo que no sé de quién será pero de dios no debe ser dado que no aparece en el santoral. El santoral, a estas alturas. Va a ser eso.

Claro está, como este supremo argumento no se sostenía hubieron de justificar la denegación con otro, y entonces acudieron a que Lobo es un apellido de uso corriente en España y su utilización como nombre podría inducir a error. Tal cual. Ahora acompáñenme de nuevo al cuadro mencionado anteriormente y comprueben si son tan amables cuál es uno de los nombres masculinos más frecuentes en estos días.680x452_lobo Efectivamente, Martín. Que no es por ponerme tocapelotas, mire usted, pero juraría que Martín no es ya que sea apellido corriente sino abundante, incluso. Que no son pocos los términos que comparten habitualmente las funciones de apellido y nombre en nuestra lengua sin que a nadie le hayan temblado jamás las piernas por ello. Que en mi barrio de un tiempo a esta parte florecen los alonsos, Alonso que casi siempre fue (sólo) apellido (recuerden, Alonso Quijano era un personaje de ficción) pero ahora de repente es también nombre y casi plaga, no tardará en liderar los rankings. Que en algún momento de mi vida llegué a tener noticias de la existencia de un Gonzalo Gonzalo, un Martín Martín Martín y hasta un Esteban Esteban Esteban (tal cual) sin que me conste que en ninguno de esos casos el funcionario de registro expresara la menor reserva al respecto. Si acaso (tal vez) un ligero cachondeo ante circunstancia tan peculiar.

eNo son pocos los nombres con significado previo al nombre, al fin y al cabo quien esto escribe (madre con nombre de flor, cónyuge con nombre de animal, hijo con nombre de objetos que se utilizan para enmarcar cuadros o fotos) puede dar buena fe de ello. Hablábamos de animales, pero si quieren continuamos con la botánica: Rosa, Margarita, Begoña, Azucena, Violeta, Dalia, Hortensia, casi no hay flor (y hasta Flor, a secas) que no haya sido considerada digna de nombrar a una mujer (u hombre, si de Jacinto se trata) a poco bien (o no demasiado mal) que suene. Y hasta árboles, que alguna Pino, alguna Encina y algún Olmo he conocido ya. La naturaleza es un campo inabarcable, supongo que porque a alguien en su día le dio por consagrar vírgenes con cualquier pretexto físico o meteorológico y a partir de ahí ya casi cualquier cosa vale: Rocío, Nieves, Luz, Lluvia, Estrella, Mar, Cielo, Valle, Montaña, Peña, Monte, Llano.santoral-sep-12 Y no hablemos ya de los objetos (que llaman) de culto: Rosario, Sagrario, Pilar, Cruz. Opciones las hay a miles y casi todas ellas inspiradas por el dichoso santoral, ese del que no parece que vayamos a podernos librar ni aún por muy aconfesionales, ateos o agnósticos que nos confesemos. Lo llevamos en las entrañas, por lo que se ve.

Claro que aún peores son los nombres que no se corresponden con algo físico sino etéreo, también de origen virginal como no podía ser de otra manera: Remedios, Milagros, Virtudes, Fe, Esperanza, Caridad, Trinidad, Piedad, Felicidad, Anunciación, Visitación, Victoria, Socorro, Consuelo. Claro que si éstos le parecen terribles espere a ver aquellos que no expresan vivencias o emociones positivas sino negativas, que también forman parte (aún más si cabe) de nuestra vida cotidiana: Soledad, Dolores, Desamparados, Angustias, y hasta alguna Martirio (más allá del nombre artístico), Calvario o Suplicio debe haber también por ahí. No por casualidad las Desamparados casi siempre acaban llamándose Amparo (es decir, justo al revés), la Soledad (que no tiene por qué tener connotaciones negativas necesariamente) acaba siendo (Mari)Sol o Sole y las Dolores se reconvierten automáticamente en Lola o Loli, las Angustias en cambio bastante tienen con lo suyo. Hay advocaciones marianas casi para cualquier cosa, y no será difícil que se te aparezca una compañera de trabajo a la que su madre gaditana eligió ponerle María Regla (Regla que oculta celosamente, poniendo especial cuidado en ser simplemente María) o que recuerdes a aquella chica gallega que conociste hace muchos años y a la que bautizaron como Esclavitud (y que llevaba dicha Esclavitud con orgullo, hay gente pa tó). El campo virginal no se acaba nunca, casi todo vale, de hecho aún recuerdo la ilusión que le hizo a mi abuela hace muchísimos años que enfrente de su casa del Paseo de las Delicias naciera una parroquia consagrada (casualmente) a Nuestra Señora de las Delicias. Fíjate, ahora a muchas niñas al nacer les pondrán Delicias, decía sin poder ocultar su satisfacción. No me consta, pero seguro que alguna habrá.

Y luego nos asustamos del Lobo (como nombre, me refiero). O de la Luna, ya puestos. Una compañera (mucho más joven que yo) y su chico decidieron de común acuerdo llamar Luna a la hija que esperaban, y justo entonces toparon no con la Iglesia (que tampoco habría sido de extrañar) ni con el Registro sino con sus padres y sus suegros (abuelos primerizos en ambos casos), que se les echaron encima al grito de pero cómo se os ocurre, pero si Luna es nombre de perro (¿?), llamadla así y la desgraciaréis para toda la vida. Ni que decir tiene que claudicaron (lo cual a mí me dio pena, porque me gustaba el nombre de Luna y porque sé la ilusión que les hacía ponérselo), ni que decir tiene que de aquella Luna sólo quedaron las dos primeras letras, hoy aquella niña se llama (casualmente) Lucía. Otro pretérito imperfecto.

Claro está, esto de desgraciar a alguien para el resto de su vida no deja de ser un concepto subjetivo, especialmente cuando no lo maneja el propio interesado. Probablemente ni se lo plantearon aquellos padres de una amiga de otra amiga, que a la hora de bautizar a su hija no pensaron en otra cosa que no fuera rendir homenaje a sus dos abuelas. Le pusieron Nicéfora Crescenciana, con dos… nombres.santoral-enero-2 Y se quedaron tan anchos. Eso sí, la criatura en cuestión decidió años más tarde que no hacía falta que le desgraciaran la vida entera, que con que le hubieran desgraciado la infancia era ya más que suficiente. Cuentan que en cuanto tuvo edad para ello movió Roma con Santiago (nunca mejor dicho) y se reconvirtió en Elena, y que no dejó de honrar la memoria de sus abuelas por el hecho de no tener que cargar ya con esas dos pesadas losas sobre sus hombros y su DNI.

¿Pensaron acaso mis padres que me desgraciarían la vida (un poquito al menos) poniéndome un nombre tan simple y elemental como José? En mi casa sólo parecía haber dos alternativas viables a la hora de llamar a un hijo, a saber, el nombre del padre o el santo del día, cualquier otra posibilidad ni la contemplaban siquiera. Y dado que el método santo del día estaba empezando a quedarse ya un tanto obsoleto y restringido a las áreas rurales (de habérmelo puesto me llamaría Casimiro, lo que cuadraría sobremanera con mi eterna miopía y mi emergente presbicia) pues digamos que no les quedó ninguna otra opción: fui el primero, nací niño, pues como el padre. Al segundo (y último) le reservaban ponerle como la madre, ni que decir tiene que cuando se encontraron con otro varón (aún no era tiempo de ecografías, no lo podían saber con antelación) se les rompieron por completo todos los esquemas, hasta el punto de que se tiraron dos o tres días sin saber muy bien qué nombre escoger. Al menos esquivaron la tentación de masculinizar el de mi madre (de flor, ya se lo dije), esquivaron incluso la tentación de hacer caso a las enfermeras/monjas de la clínica que se empeñaban en ponerle Glorio por haber nacido el (que decían) sábado de ídem. Algo es algo.

Así que yo era José, José a secas, que acaso hoy puedan pensar que entonces era de lo más normal pero nada más lejos de la realidad. Los Sesenta, al menos en mi barrio y mi colegio, eran el reino de los nombres compuestos. Como un quiero y no puedo, como si el tener (al menos) dos nombres en vez de uno te abriera todas las puertas. Quizás no fueras nadie, pero ponías a tu hijo Manuel Enrique, Gabriel Jesús o Fernando Ernesto (también había mucho de homenaje a los abuelos en estas mezclas) y ya parecía que se te elevaba tu estatus social. Los Sesenta (y siguientes) fueron sobre todo el reino de los Juan Antonio (a cientos), los Miguel Ángel (a miles, casi todos reconvertidos luego en Míguel, con acento en la í), los Juan Carlos (a millones, aún en tiempos premonárquicos) y los Francisco Javier (a trillones, aunque luego casi todos acabaran siendo Javi). Eso en chicos, que en chicas las Mari Carmen eran casi nueve de cada diez si me permiten la ligerísima exageración.

saramagoLlegaba yo al cole, me preguntaban el nombre, decía José, me repreguntaban José qué más, respondía que José sólo y me miraban como si fuera un extraterrestre. Y no era de extrañar, dado que a mi alrededor había José Luis, José Manuel, José María, José Antonio, José Miguel, José Ángel, José Javier, José Carlos, José Ramón, José Jesús, José Francisco, José Pedro, José Ignacio, José Alfredo, José Vicente, José Eugenio, José Eulogio, José Enrique, José Alberto, José Augusto, José Faustino, José Feliciano, José Salvador, José Loquefuera, José a secas jamás, ni uno siquiera llegué a encontrarme a todo lo largo de mi infancia y/o adolescencia. Si hasta había en aquellos tiempos un cantante (¿mexicano?) que se hacía llamar José José (quiero pensar que fuera nombre artístico), el colmo de la compuestez me parecía ya aquello, tentado estuve de imitarle y duplicármelo para no ser el único de mi clase que no tuviera dos.

Claro que esto al fin y al cabo era llevadero, lo verdaderamente insoportable provenía de mi propia casa. Como a mi padre siempre le habían llamado Pepe, el niño (o sea yo) de inmediato se convirtió en Pepito, y Pepito que se quedó para toda la eternidad.pepito_logo Durante mi más tierna infancia no me importó demasiado, pero cuando dejó de ser tierna empecé poco a poco a tomar conciencia del crimen que estaban cometiendo conmigo. Claro que aún podía ser peor, aún podía llamar algún compañero para preguntarme cualquier cosa de los deberes, aún lo podía coger mi madre y gritar ¡¡¡Pepito, al teléfono!!! Ni que decir tiene que al compañero en cuestión (Cabrera, el hijoputa aquél) le faltó el tiempo para contarlo en clase al día siguiente, ni que decir tiene el descojone que tuve que aguantar a mi alrededor. Ese día me planté. Recuerdo que llegué a casa (doce o trece años tendría, no más), monté el pollo y dije que hasta aquí habíamos llegado, que no quería que me volvieran a llamar Pepito nunca más en lo que me quedara de vida. Más o menos lo conseguí (no sin dificultades) en el ámbito de las cuatro paredes de mi casa, pero el mal ya estaba hecho al otro lado: vecinos, tíos, primos, conocidos, parientes lejanos y demás gentes de mal vivir. Mucho tiempo después, ya con cónyuge a mi vera e hijo en brazos, ya bien entrado en años y en carnes y en calvas y en canas, aún hube de aguantar que al ir a comer a casa de mis padres se me cruzara un antiguo (a la par que anciano) vecino por la escalera y me espetara ¡Hombre Pepito, qué hay, qué tal te va! Pepito forever and ever.

Ya lo ven, se puede ser infeliz con un nombre tal simple como el mío (hasta el punto de que en cuanto puedo lo escondo detrás de un nick) y se puede ser en cambio inmensamente feliz llevando un nombre tan absurdo como Maximino, el mismo Maximino que heredó de su padre y éste de su abuelo y éste de su bisabuelo y éste a su vez de su tatarabuelo y así sucesivamente,nombres-maximino-g el mismo Maximino que heredará su primogénito (en el supuesto de que lo tenga) y más tarde heredará su nieto y su etcétera etcétera etcétera generación tras generación, Maximino tras Maximino tras Maximino hasta perpetuar su maximinidad. Siempre me pareció un nombre ridículo, una contradicción en sí mismo, maxi-mino, aumentativo y diminutivo a la vez, para qué lo agrandas si después lo disminuyes, primero lo elevas a los altares y luego lo dejas caer. En cambio él lo llevaba con indisimulado orgullo, ser rico de cuna es lo que tiene. Lo tuve de jefe (de qué otra cosa habría de tener yo a un ser semejante) y sus esbirros no tardamos en rebautizarlo como Minimax.

Sobre gustos no hay nada escrito decía mi abuela, y añadía además que para gustos los colores (claro que también decía a veces que hay gustos que merecen palos, es lo bueno que tienen los refranes, siempre hay versiones contradictorias para poder utilizarlas según te convenga en cada ocasión). La cosa del Lobo (qué buen turrón) coló finalmente y está muy bien que así fuera, con la de cosas que nos tocan los higadillos a diario ya hay que tenerlos bien cuadraos para ponerse a prohibir semejante nimiedad. No, yo no pondría a un hijo Lobo como tampoco le pondría Maverick (no sé por qué se me viene ahora ese nombre a la cabeza), ni por asomo. Pero aún menos le pondría Maximino (por ejemplo), aún menos llamaría a una hija Angustias o Virtudes (no digamos ya Esclavitud), aún menos le pondría tantos otros nombres que a mí particularmente me parecen espantosos pero que otros portan con inmensa felicidad. Es más, aún menos pondría a un hijo mi propio nombre, no se lo puse al único que tuve y mi buen disgusto me costó con mi padre cuando supo que su primer nieto no iba a ser José como él y como yo. ¡¡¡¿Pero de dónde os habéis sacado el nombrecito?!!! nos preguntó cuando le dijimos cómo se iba a llamar, sin intentar siquiera disimular su cólera. Tentados estuvimos de responderle con precisión pero finalmente nos contuvimos, que al fin y al cabo no dejaba de ser mi progenitor y tampoco era cuestión de faltarle al respeto.

Prohibido prohibir, aunque aquí seamos más papistas que el papa y más reglamentistas que el reglamento mismo. No hará falta que les recuerde que en según qué zonas de Latinoamérica vemos cada dos por tres seres humanos llamados Darwin, Rommel, incluso Stalin, fruto de que algunos padres decidieron llevar su admiración por ciertos personajes históricos demasiado lejos. Y hasta cuentan que el Roberto Carlos futbolista se llamó así porque sus padres eran fanes del Roberto Carlos cantante (estaría curioso que a quienes luego pusieron a su retoño Roberto Carlos por admiración al futbolista les saliera el hijo cantante, siquiera fuera para cerrar el círculo), y hasta cuentan que el Romario futbolista se llamó así porque sus padres (favela de Rio, pobreza extrema, sin otro lujo que un televisor, sin otra cultura que la que emergía del televisor) admiraban a aquel personaje televisivo que conocía cualquier palabra que le preguntaran aún por extraña que ésta fuera, Romario, el Hombre Diccionario. Y que un poco más al norte el señor y la señora Bryant pusieron a su hijo Kobe porque les encantó el plato aquél de carne que cenaron en un restaurante de Philadelphia (imaginen si en vez ir a un japonés hubieran ido a un asturiano, Cachopo Bryant).nombres_general Y que allá en USA reina ya la anarquía y el todo vale, casi cualquier combinación de consonantes y vocales mínimamente legible es susceptible de serle adjudicada a un recién nacido signifique algo o no, suene bien o no, repasen las promociones que llegan al baloncesto universitario o que se asoman a la NBA (o a cualquier otro ámbito, cito éste porque es el que frecuento) si aún les queda alguna duda.

En resumidas cuentas, si piensan tener una criatura llámenle cómo les dé la real gana, sin santorales ni presiones ni complejos, sin otros límites que sus deseos y su sentido común (el menos común de los sentidos, dado que cada cual cree tener el suyo). Pónganse en el lugar de su retoño, imaginen qué le haría feliz y a partir de ahí láncense a la piscina: asumiendo que lo que hoy piensen nada tendrá que ver con lo que piense él/ella cuando se haga mayor y cargue con ello; y asumiendo también que nunca van a poder controlarlo todo, que ciertas cosas no están en sus manos: piensen que a lo largo de mi vida laboral he conocido un Jesús Gil, un Fernando Alonso, una Paula Vázquez o una María Teresa Campos, quién le iba a decir a sus padres que a todas esas combinaciones tan aparentemente inocuas la coincidencia con el famoseo les acabaría complicando la vida. No se compliquen ustedes la suya, por favor. Déjense llevar, relájense y disfruten (mientras puedan) y hagan lo que les parezca, así se trate de nombre clásico o moderno; así sea astro, flor, animal, objeto inanimado, fenómeno meteorológico, ente etéreo, mera combinación de letras o incluso (ya puestos) pretérito imperfecto.

efecto Hamelin

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Caminaba yo hace algunas tardes por una bella ciudad norteña cuando de repente vi venir hacia mí con paso decidido a un amplio grupo de jóvenes (y no tan jóvenes), lo cual no habría tenido nada de particular de no haber sido porque tras ellos apareció de inmediato otro grupo, y luego otro, y otro más, y así sucesivamente. Pensé así de primeras que acaso se tratara de una manifestación, pensé después que más bien sería algún tipo de competición (dada la velocidad a la que se desplazaban) pero finalmente desistí de ambos pensamientos dado que no vestían ropa deportiva sino casual y que no enarbolaban pancartas sino móviles, cada uno el suyo obviamente. Miraban el móvil mientras caminaban o para ser más preciso, caminaban mientras miraban el móvil, la función motora al servicio de la visual hasta poner incluso en peligro su integridad física, no tanto porque les atropellara un coche al cruzar la calle (que también) como porque se atropellaran ellos solos a sí mismos en su desaforada carrera. Llegaron a ser más de sesenta, puede que no anduvieran lejos del centenar, tentado estuve de unirme a ellos (que es muy probable que alguno se llamara Vicente, y ya se sabe que donde va Vicente va la gente) pero finalmente me contuve casi a la par que empezaban a desanimarse los últimos de la fila ante la evidencia de que aquel esfuerzo no iba a tener ya ningún sentido: ¡¡¡¿pero tú has visto toda la peña que va p’allá?!!! Supongo (desde mi absoluta ignorancia en la materia) que en esto también habrá clases, sospecho que calle arriba no es que hubiera ya un pokemon sino que debía estar la madre de todos los pokémones. O algo así.

Tampoco es que me pillara de sorpresa, no vayan a pensar. Apenas un rato antes, en un céntrico parque de esa misma ciudad, había asistido a la amarga desesperación (o desesperada amargura, no sé) de una adolescente, ¡¡¡pero si es que era amarillo, y estaba aquí…!!! Pero ¿dónde?, le preguntaba su amiga con la empatía propia de estas circunstancias; ¡¡¡Aquí, aquí, aquí mismo!!!, y daba saltitos de rabia mientras señalaba justo delante del banco donde yo me hallaba (y en el que llevaba ya un rato sin que hubiera visto allí nada amarillo ni de ningún otro color, dada mi natural ceguera para estas cosas).pokemon verde Por no hablar de la escena que presencié a la mañana siguiente en una encantadora población pesquera a orillas del cantábrico (ya era encantadora mucho antes de que un antipático médico televisivo estableciera allí consulta y la pusiera de moda): ¡¡¡¿pero quieres dejar ya en paz los pokemon de una puta vez, que hemos venido a ver el pueblo?!!!, preguntaba (imaginen en qué tono) la chica al chico, a lo que éste (sin levantar ni por un segundo la vista de su móvil) respondía ¡joder, si es que aquí hay muchísimos, y no consigo alcanzarlos…! La realidad física (aún por bella que ésta sea) reducida a mero soporte sobre el que sostener la (supuesta) realidad virtual.

No me interpreten esto como una diatriba intergeneracional, líbreme el cielo. Primero porque no creo que sea cuestión de generaciones: en estos días vacacionales vivo cómodamente instalado en mi burbuja familiar, pero conozco a mis clásicos y sé que en cuanto regrese al trabajo encontraré a no menos de diez o doce congéneres (y no púberes precisamente) enganchados a esta tontería. Y segundo porque no soy quién para dar lecciones a nadie, porque todos tenemos nuestro particular opio del pueblo y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra: alguna que otra vez que reproché supuestas adicciones a sálvames, granhermanos y tomates varios me encontré con la consabida respuesta, ¡pues anda queflautista tú con tu baloncesto! (o con tu fútbol, o con…) Y claro que no es lo mismo, ya sé bien que no es lo mismo, por supuesto que no… pero ponte a explicárselo a ellos. Bien están (casi) todas las maneras de escapar de la realidad (porque si no esto no hay quien lo aguante) siempre y cuando no te hagan olvidar que aún formas parte de ella. Puedes dejar que la melodía de esa flauta te deleite, te envuelva, te atrape incluso… pero no que te arrastre, no que te dejes llevar por su música en lugar de ser ésta la que se deje llevar por ti. Deja que te complemente la vida si así lo quieres, pero no permitas que te la remplace. No sé si me explico.

Eso sí, reconozcamos que no hay mal que por bien no venga. Muchos ermitaños del videojuego que no emergían de su crisálida ni para hacer pis se están viendo ahora obligados a salir a la calle (ya que al parecer los pokémones no tienen por costumbre subir por las casas a esperar a que les cacen). La cosa entraña riesgos, más que nada por la falta de costumbre, y seguro que no faltará quien en busca de su presa perezca arrollado en un túnel de metro o en mitad de una autopista de seis carriles. Pero la inmensa mayoría se acabará adaptando finalmente al medio, aún por hostil que éste les pudiera parecer. Y quién sabe, puede que hasta en algún momento entre pokemon y pokemon levanten la cabeza como por descuido y casi sin querer descubran una hermosa fachada, una playa maravillosa o incluso (ya puestos) hasta otro ser humano con el que en un momento dado pudieran llegar a interactuar. No perdamos todavía la esperanza.

teorema de los cojones

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Va a tener razón Valdano [Acotación al margen, por si alguien no conociera al susodicho: Jorge Valdano es un ex jugador y ex entrenador de fútbol que en el camino entre una cosa y la otra cometió el error de ser también un hombre de letras sin ni siquiera esforzarse en disimularlo, más bien al contrario, haciendo gala de un verbo florido al que recurría sin el menor escrúpulo en cuanto se le presentaba la ocasión.DOCU_GRUPO Jorge Valdano Todo lo cual le granjeó la antipatía, la animadversión e incluso el odio de buena parte de sus conciudadanos, buenas gentes a las que todo pensamiento que vaya más allá de el fútbol es así les resulta directamente sospechoso, tanto más en un país en el que se sacraliza la ignorancia y se proscribe el conocimiento, acaso el único país del mundo en el que el zote se enorgullece de serlo y en cambio el intelectual procura por todos los medios ocultar su condición, no le vayan a crucificar. Fin de la acotación]

Va a tener razón Valdano, decía. O más bien va a tener razón un amigo de Valdano, aquél que (según contara él mismo en cierta ocasión), le dio una vez un sabio consejo, consejo que por otra parte jamás fue capaz de cumplir: Jorge, todos tus problemas te vienen de que repites demasiadas veces la palabra belleza. Si por cada vez que dices belleza dijeras dos veces cojones, te iría mucho mejor en la vida

Habré de reconocer que cuando escribo no suelo utilizar belleza ni aún menos cojones, soy bastante neutro en ese aspecto. Pero para todo hay excepciones, claro. El pasado jueves 17 de septiembre, aún sumido en la espiral de euforia tras nuestra insospechada victoria en la semifinal del Eurobasket contra Francia en Francia, escribí un tuit no desde el cerebro (como sería siempre recomendable) ni desde el corazón ni desde el alma (si la hubiere) sino directamente desde las entrañas. Me dejé llevar por mis más bajos instintos, sé que no debería haberlo hecho pero estas cosas son así, es bien sabido que el corazón tiene razones que la razón no entiende, ahora además sé que a veces los genitales tienen también razones que ni siquiera el corazón entiende. Este fue el fruto de mi enajenación:

cojones

Ya ven, un tuit como otro cualquiera, si bien un poco más salido de madre que otro cualquiera. Uno de tantos como suelo escribir al cabo del día y que tienden a pasar completamente desapercibidos, uno o dos retuits a lo sumo. A veces, en momentos de gran ebullición tuitera como el que nos ocupa, puede suceder que un tuit se me vaya a diez, quince o veinte retuits, e incluso en alguna rarísima ocasión he alucinando viendo cómo un tuit mío era retuiteado más de cien veces, vayan ustedes a saber por qué. Los designios de la red son inescrutables, pero hasta ahora creía mantener dichos designios más o menos bajo control. Hasta ahora.

¿Cómo es posible que un vulgar (a la par que mediocre) tuit, de un humilde tuitero como yo (nada que ver con todos esos tuitstars que pueblan la red) alcance ya a día de hoy la friolera de casi 1.700 retuiteos (a los que habría que añadir esos otros casi 800 que han tenido además la peregrina ocurrencia de guardárselo en sus favoritos)? ¿Se debe sólo a la euforia del momento, a la efervescencia desatada tras aquel épico triunfo? ¿img_szaldua_20150918-000934_imagenes_md_otras_fuentes_cojones-kTeD-U2017448399300EE-652x492@MundoDeportivo-WebO hay algo más? ¿Habría obtenido esta misma repercusión si en vez de escribir al final con cojones hubiera escrito (por ejemplo) con agallas (no digamos ya si hubiera escrito con belleza, a la valdánica manera)?

Cojones es palabra mágica que todo lo puede (así sea a pelo o en cualesquiera de sus derivadas, cojonudo, acojonante, cojonero, cojonazos, etc). Bien utilizada, en el momento correcto y en el lugar preciso, te puede abrir todas las puertas, véase la muestra. Compárese por ejemplo con su traducción al catalán (líbreme el cielo de ahondar aún más si cabe en las diferencias al parecer irreconciliables que tanto nos atribulan en estos días, pero aún así me resulta inevitable el paralelismo): dices collons y queda de lo más elegante, un toque de distinción, un estupor refinado, pura delicadeza, como si en castellano dijeras cáspita, córcholis, caracoles, cosas así. Dices en cambio cojones y se te llena la boca, se te rebosa la saliva por las comisuras, se te expande el ánimo. Pocas cosas tonifican más que unos cojones bien dichos (reitero, siempre y cuando vengan a cuento, ya que nunca faltará gente susceptible que pueda tomárselo a mal). Dices cojones y se para el mundo.

Y es además nuestro vocablo más internacional, acaso uno de los pocos que hayamos sabido exportar en versión original, sin aditivos ni conservantes ni colorantes ni traducciones de ninguna clase. Te lo encuentras tal cual (yo al menos me lo he encontrado ya unas cuantas veces), en perfecto castellano pero perfectamente integrado en la cultura norteamericana, en medio de profundos artículos, sesudas disertaciones y briosas arengas motivacionales en inglés,Sarah-Palin como si apelara al carácter y definiera los atributos mejor que cualquier término anglosajón aún por abrupto que éste fuera. Cuentan que hasta una afamada política estadounidense, no precisamente hispanoparlante (y no menos ultramontana que el concepto en sí mismo) metió una vez los cojones (o más bien la ausencia de los mismos) en medio de un discurso, supongo que para darle énfasis. Y le funcionó, por supuesto. Y más ancha que larga se quedó la buena mujer, como no podía ser de otra manera.

Queda pues científicamente demostrado que el éxito y los cojones van de la mano, habremos de convenir (mal que me pese) que el amigo de Valdano tenía toda la razón, a las pruebas me remito. Así que ya lo sabe, ponga unos cojones en su vida, luego no me diga que no se lo advertí. O aún mejor, vaya siempre por la vida con los cojones en la boca. Así de entrada puede que haya gente a la que le resulte desagradable (seres pusilánimes los hay en todos los sitios, incluso en éste) pero créame que los beneficios obtenidos a medio/largo plazo le compensarán con creces de todos los sinsabores que ello le pueda acarrear. De nada.

NOTRÉN

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“Próximo tren a estacionarse en vía 1 es con destino El Escorial y Ávila. Los pasajeros con destino Ávila y estaciones intermedias deberán hacer transbordo en la estación de El Escorial”

Oigo cada día este mensaje por megafonía mientras espero otros trenes que no van precisamente a Ávila, ni a El Escorial siquiera. Lo escucho y me da por pensar, que sé que no debería y además me estoy quitando pero qué quieren, la mente es débil, por más que lo intento no logro evitar caer en semejante perversión. Me da por pensar, decía, y pienso que RENFE en su infinita sabiduría ha inventado el NOTRÉN, un tren de mentira, un tren que dice ir a un lugar al que en realidad no va.Estación-El-Escorial Un tren presuntamente destinado a Ávila que sin embargo se queda en El Escorial, donde te tienes que bajar para posteriormente tomar otro tren que también dice ir a Ávila, supondremos que además en este caso será cierto. No me dirán que no es genial.

La realidad es mucho más prosaica que todo eso. RENFE suprimió hace ya unos cuantos meses unas 3489548567985 líneas por no ser rentables (extraño concepto éste en un servicio público), que a su vez se sumaban a las 3883662357859 líneas suprimidas ya muchos años atrás por esa misma razón. Entre las ahora suprimidas estaba esa histórica línea de cercanías Madrid-Ávila, lo cual no tendría nada de particular (más allá de la jodienda que supone) si no fuera por el pequeño detalle de que a RENFE le da vergüenza reconocerlo, no vaya a ser que alguien se pare a pensar (perniciosa costumbre, reitero) y repare en que han dejado a toda una provincia limítrofe con Madrid sin conexión de cercanías con Madrid. Así que disimulan, hacen como que no, te dicen que va a Ávila como si en verdad fuera, tomas un tren y te dan dos por el precio de uno, todo un detalle por su parte. Eso sí, al menos te leen la letra pequeña, al menos tienen la cortesía de avisarte de que te apees en El Escorial y cojas otro, lo mismo al principio no lo hacían y se les quedaban allí los pasajeros varios días con sus noches esperando a que arrancara, volviendo a Madrid y yendo de nuevo a El Escorial una vez tras otra en un bucle sin fin, a ver si en una de esas el tren se decidía por fin a continuar…

Me gustaría que repararan en las inmensas posibilidades creativas que esta nueva política comunicativa ofrece. Quién les dice a ustedes que algún día, en nuestras estaciones de largo recorrido, no habremos de escuchar algo como esto:

“Próximo tren a estacionarse en vía 1 es con destino Barcelona y Vladivostok. Los pasajeros con destino Vladivostok y estaciones intermedias deberán hacer transbordo en las estaciones de Barcelona, Berlín y Moscú”

Con razón dicen que todos los caminos llevan a Roma. Los caminos no sé pero los trenes sí, todos y cada uno de ellos, vayan a donde vayan, vengan de donde vengan. Eso sí, no sin antes hacer transbordo en El Escorial.

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crónicas de agosto

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Es llegar al andén y empezar a tomar consciencia. Es esperar durante quince o veinte minutos ese tren que en cualquier otro mes apenas tarda tres, cinco a lo sumo. Es viajar hacia el trabajo en un vagón abarrotado hasta los topes, a menudo sin aire acondicionado no vaya a ser que por su culpa no cumplamos los objetivos de déficit, intercambiando fluidos corporales (sudores, mayormente) con el resto de los pasajeros. Es agosto, intentan que parezca febrero pero sigue siendo agosto, sin vuelta atrás. Retiran de la circulación más de la mitad de los trenes y lo hacen por nuestro bien, para que no nos confiemos, para que no perdamos nunca esa incomparable sensación de hacinamiento, como si el ayuntamiento cerrara también más de la mitad de las calles para asegurarse de que siga habiendo atascos (en realidad también lo hacen, aunque lo llamen obras de mantenimiento para despistar). Es agosto y ni siquiera necesitas mirar el calendario para saberlo, te basta con mirar a tu alrededor, te lo están diciendo todas esas caras de perdedor, la tuya propia reflejada en el cristal. Agosto a primera hora de la mañana, en metro o en Cercanías, es la viva imagen de la derrota.

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Agosto es un enorme domingo que dura más de treinta días, vas a trabajar y te sientes como a quien le toca trabajar en fiesta, como ese desheredado de la fortuna a quien le toca joderse mientras el común de los mortales se rasca la barriga y otras partes menos confesables de su cuerpo, así día tras día durante un mes interminable. Y tanto dará que lo prefieras, que seas (yo mismo suelo serlo) uno de aquellos que lo escogen y además te lo argumentan, te vas en agosto y no hay quien haga nada, vayas donde vayas estará todo hasta arriba, peor que en cualquier otro mes dónde va a parar, en cambio en Madrid en agosto se está como dios, sin aglomeraciones, sin colas, sin… Sin leches. Yo mismo repito cada dos por tres este irrefutable razonamiento, ni siquiera trato de engañarme a mí mismo porque ya vengo engañado de serie, soy feliz veraneando en julio o dejándome días para septiembre pero luego llega agosto y me siento desclasado, desubicado, fuera de lugar. Soy contradictorio, supongo que casi como cualquier ser humano.

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Agosto es el vacío, es una gigantesca anomalía en el calendario de cada verano, como si en realidad no fueran doce meses sino once, como si hubiera once meses titulares y un suplente, once meses hábiles y finalmente uno inhábil a todos los efectos. Agosto es el mes número doce, se le suele asignar el ocho por una mera cuestión de orden pero usted y yo sabemos que es mentira, agosto es mentira en contraposición a esos otros once meses que son (éstos sí) la pura verdad. Agosto es el vacío, ni siquiera necesitamos salir de casa para comprobarlo, nos basta con encender el televisor o escuchar la radio, programas de relleno, refritos varios, contenidos infames que jamás tendrían un pasar en cualquier otro momento del año (y miren que está bajo el listón), correturnos y becarios por doquier. Las cadenas de radio se inventan autopromociones para rellenar los huecos que dejó la publicidad, no así las televisiones que nos regalan en estos días una guía comercial sumamente peculiar: o anuncios de estrenos cinematográficos (en los que un ser humano repentinamente convertido en superhéroe deberá salvar a la humanidad ante la inminencia del apocalipsis) o anuncios que más bien parecen sacados de la sala de espera de una clínica: hemorroides, gases, estreñimiento ocasional, digestiones pesadas, pupilas irritadas, encías ensangrentadas, talones agrietados y demás males diversos que en el fondo no hacen sino confirmar lo que ya sospechábamos, que agosto perjudica seriamente la salud.

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Agosto es un baremo, la unidad de medida de nuestra prescindibilidadimprescindibilidad laboral. No tiene nada que ver con ser jefe o ser pringao, en realidad es algo mucho más sencillo (y a la vez mucho más elaborado) que todo eso. Si estás de vacaciones en agosto es que eres lo suficientemente importante como para que no se pueda prescindir de ti el resto del año, si trabajas en agosto es que da igual cuándo faltes, tú vete cuando quieras y en agosto ya rellenarás el hueco que dejan los que importan. Por supuesto que aún se podría establecer una tercera categoría que a muchos nos resulta sumamente familiar, la semiprescindibilidad, trabajas medio mes y libras el otro medio (o viceversa). Y por supuesto que ésta es una generalización injusta (pero no por ello menos cierta) porque en agosto caben también muchas otras realidades: puede que estés de vacaciones porque tu trabajo cierre y no te quede más remedio; o puede que no tengas vacaciones porque hayas sido agraciado con uno de esos contratos de temporada que tan útiles les resultan luego a las ministras del ramo para sacar pecho y atisbar los evidentes indicios de una pronta recuperación (luego se les pasa en octubre); o puede que no tengas vacaciones porque no te las den, sin más, es lo que hay, o lo tomas o lo dejas, si me vienes con derechos laborales ya sabes dónde tienes la puerta, si te vas de vacaciones no te molestes en volver, ahí fuera tengo a trescientos como tú esperando a que te vayas para ocupar tu puesto, ya ves qué preocupación… De todo hay en la viña (en la fábrica, en la tienda, en la obra, en la oficina, en la…) del señor (sea quien sea ese señor).

images (2)En agosto un mequetrefe cualquiera decide ir a un parlamento cualquiera a hacer como que da explicaciones y todos a coro gritamos ¡¡¡pero oiga, que es agosto!!! En agosto un juez cualquiera llama a prestar declaración a tres o cuatro presuntos impresentables y todos al unísono nos echamos las manos a la cabeza, pero cómo es posible, acaso este hombre no se ha enterado de que estamos en agosto, qué hace que no está de vacaciones dado su alto rango y elevada condición (probablemente lo estaría de no ser suplente). En agosto las noticias parecen tener prohibido hablar de nada trascendente, como si se suspendiera el paro, se interrumpiera la corrupción, desapareciera la crisis. En agosto los telediarios se componen básicamente de incendios forestales, catástrofes naturales, playas abarrotadas, olas de calor, fiestas populares, fichajes futbolísticos, copas del rey de vela, imágenes refrescantes, siempre me pregunté qué clase de hijodeputa habría podido inventar un concepto así, imágenes refrescantes, tú estabas recocido en tu sofá a cuarenta grados centígrados, sin un ventilador que echarte a la cara y sin que el aire acondicionado hubiera llegado aún a nuestras vidas y de repente el comunicador (suplente) de turno te lo soltaba así de sopetón, hoy vamos a acabar nuestro informativo con unas imágenes refrescantes, esquiadores náuticos, intrépidos surfistas, gráciles veleros surcando la mar serena que no hacían sino recocerte aún más y más viendo lo frescos que estaban todos, si de verdad quieren refrescarme pónganme a gente abrasándose en medio del desierto, algo me refrescará aunque sólo sea por pura comparaciónAgosto es sadismo también, a veces.

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Agosto es un gran cartel de cerrado por vacaciones, ese letrero que presidió los escaparates veraniegos de nuestra infancia (quede cuando quede nuestra infancia). Yo he llegado a ver cosas que vosotros no creeríais, sucursales bancarias cerradas por vacaciones, emisoras de radio cerradas por vacaciones, iglesias cerradas por vacaciones… [Iglesias, sí, puedo jurárselo, no me pregunten el nombre porque no trabajo el gremio pero sí recuerdo perfectamente el lugar, Madrid, entre la calle de Atocha y la plaza de Santa Ana; eso sí, en este caso no ponía cerrado por vacaciones sino cerrado en agosto, será que el concepto vacaciones no encaja con el sacerdocio] Hoy cada vez lo vemos menos, quizá por la crisis, quizá porque los pequeños establecimientos ya no se atrevan a cerrar por vacaciones no vaya a ser que a la vuelta no les queden fuerzas para abrir, o quizá porque ya apenas queden pequeños establecimientos, hoy ya casi todo son grandes cadenas o establecimientos franquiciados, si quieres vacaciones te damos diez días (y espérate que no te los descontemos del sueldo), si no ya encontraremos subsubsubempleados que reemplacen a los subsubempleados que a su vez reemplazaron a los subempleados años después de que éstos reemplazaran a los empleados. Agosto es un gran cartel de cerrado por vacaciones, pero ese letrero ya no es tanto físico como mental.

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A agosto hace algunos años le llegamos a inventar un sustantivo, agostidad, terrible palabro para ilustrar subidas de precios y demás medidas económicas tomadas a traición, cuando no toca, con la insana finalidad de pillar a contrapié al incauto ciudadano: premeditación, alevosía, tal vez nocturnidad y ahora también agostidad. A agosto los italianos hasta le pusieron apellido, ferragosto, como un agosto de hierro candente, como un agosto elevado al cubo. Agosto por tener tiene hasta verbo, a ver qué otro mes puede presumir de tener verbo (marcear y mayear no creo que estén reconocidos por la Real Academia), agostar, el diccionario nos lo devuelve como secar o abrasar las plantas por excesivo calor, pero también nos ofrece una segunda acepción que parece haber sido creada expresamente para mí, para tantos otros como yo: consumir, debilitar o destruir las cualidades físicas o morales de alguien. Cómo habrá de ser un mes que es capaz de generar un verbo así.

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Agosto es un enorme domingo que dura más de treinta días y que acaba como acaba cualquier otro domingo. Aquella melancolía de los domingos por la tarde que una vez describió Muñoz Molina es una nimiedad al lado de esta otra inmensa melancolía (limítrofe con la depresión) de cada 31 de agosto. Melancolía contagiosa, afecta incluso a aquellos que aún no tendrían razones para sentirla, aquellos a quienes aún les quedan días de vacaciones, estás en tu playita (por ejemplo), ves que se van todos, que ya no tendrás que pelear por tu cuota de agua, tu centímetro de arena o tu mesa del chiringuito, que te lo dejan todo a tu entera disposición… y sin embargo notas que ya nada es igual, que el final del verano llegó como cantaban aquellos dos tipos dinámicos en los sesenta, da igual que tú aún quieras prolongarlo porque el mundo ya se ha encargado de echar el cierre, da igual que pretendas ser feliz porque todo a tu alrededor te está diciendo que ya no toca, que eres una molesta anomalía en el calendario, que vuelves a estar fuera de lugar.

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Resulta que aunque tú te empeñes en meter la cabeza debajo del ala la rueda ha comenzado de nuevo a girar. Puede que aún estés lejos de los atascos o de los trenes atestados, pero te lo dicen todas las demás señales que encuentras a tu alrededor: el Hemoal, el Micralax y el Aero-red dejan paso a las colecciones por fascículos, las noticias vuelven a llenarse de ministros, corrupciones, crecimientos negativos y primas de riesgo, los grandes comunicadores ya están todos de vuelta y en cuanto te descuides te vaticinarán un otoño caliente, no falla, jamás te pronostican un invierno caliente (sería un contrasentido) o una primavera caliente, aún menos un verano caliente pero el otoño caliente te lo vaticinan todos los años. Septiembre es la cruda realidad, como lo será octubre y después noviembre, como lo serán ya todos los meses hasta julio sin interrupción. ¿Agosto? Agosto es mera ficción.

morgan090901(Lo escribí originalmente en otro agosto, y en otro lugar. Pero vale para cualquier agosto, y casi para cualquier lugar)

estomagante

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¡¡¡Hijo, eres estomagante!!!

Me lo decía mi madre cada dos por tres (seis), eres estomagante, a veces, otras era que la sacaba de sus casillas o que la llevaba (o la traía) por la calle de la amargura, mi madre en aquel entonces no leía pero por razones que se me escapan siempre fue muy literaria para la cosa del regañar. Estomagante nada menos, yo aún no sabía lo que significaba (aunque me barruntaba que muy bueno no debía ser, por el tono y el momento en que me lo decía), si se me hubiera ocurrido mirar el diccionario habría sabido que le resultaba desagradable o antipático, si hubiera buscado sinónimos habría encontrado además molesto, cargante, fastidioso, insoportable, latoso, pesado. Esa era la manera que tenía mi madre de reforzar mi autoestima, si bien en su descargo habré de reconocer que en aquellos recios y viriles tiempos a nadie se le hubiera ocurrido jamás imaginar que tuviéramos autoestima. Mariconadas las justas.

Lo crean o no, esa condición de estomagante me sumía en una especie de perpleja culpabilidad. Mi madre en aquellos años padecía ardor de estómago, no era tanto que lo padeciera como que formaba parte de ella, madre y ardor de estómago no eran conceptos independientes sino un todo indisoluble.acidez-5001 No había comida o cena tras la que no se metiera su cotidiana dosis de bicarbonato, si alguna vez (rara vez) salíamos y se le olvidaba llevarlo era como si se acabara el mundo, como si no hubiera un mañana, como si no existieran las farmacias (de guardia, incluso). Hasta que un día dejó de padecerlo sin saber muy bien ni cómo ni por qué, aún hoy me sigo preguntando si dejó de tomar bicarbonato porque le desapareció el ardor de estómago o si le desapareció el ardor de estómago porque dejó de tomar bicarbonato. Pero en aquel entonces mi relación causa-efecto no iba más allá del mero significado del término: si hasta creía yo (en mi tierna ingenuidad) que el franqueo se llamaba así por el señor que aparecía en los sellos, cómo no iba a pensar que su ardor de estómago era la lógica consecuencia de mi capacidad de estomagar. La misma palabra lo dice.

Hoy mi madre tiene ya 82 años y muchísimos achaques (ninguno de ellos decisivo, afortunadamente) como corresponde a su avanzada edad, pero no me consta que el ardor de estómago sea ya uno de ellos, ni de lejos. De hecho si me paro a pensarlo creo que dicho mal le desapareció más o menos en la misma época en que yo me fui de casa, ya ven qué casualidad. Cuando luego he vuelto (ya convenientemente reconvertido en visita, ya siendo yo y mis circunstancias) ya jamás he vuelto a provocarle el mismo efecto, o si se lo he provocado se ha guardado muy mucho de comunicármelo. Dejó de estomagarse cuando dejé de estomagarla, quizá mi condición de estomagante se me fue ya para siempre en cuanto salí de allí, como si sólo eso bastara para dejar de serlo. O quizá no, quién sabe. Quédense con la duda, que por hoy ya les he estomagado lo suficiente.

Willy

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wilfred-bob-626006582Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y de cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

(Miguel Hernández)

Fuiste ídolo. No tanto mío porque nunca fui de ídolos (y aún menos futbolísticos), porque a los treintaitantos no se está ya en edad de tener ídolos. Pero lo fuiste, ídolo de tantos sin saber siquiera que lo eras, mito y leyenda desde entonces, desde ahora mismo, desde siempre. Llegaste de Nigeria no supimos bien ni cómo ni por qué, de repente una mañana resultó que te probaban, otra resultó que te quedabas, a la siguiente ya eras titular, antes de que nos diéramos cuenta ya eras uno de los nuestros, ya eras más vallecano que muchos que llevaban por aquí toda una vida. Te teníamos bajo los palos y te teníamos (aún más si cabe) fuera, qué sé yo cuántas mañanas o tardes me crucé contigo en los alrededores del estadio, no digamos ya haciendo la compra por los intrincados pasillos del Alcampo. Eras del barrio, nunca debiste dejar de serlo…

Fuiste un portero diferente, para lo bueno y para lo malo. Presuntos expertos nos decían que eras el típico portero africano (signifique eso lo que signifique), como si os hicieran con molde, como si África fuera sólo un pueblo y no un inmenso continente: extraordinario sobre la raya de gol, bueno con las manos, malo con los pies, fatal en las salidas. Puede ser. Evidentemente no eras perfecto (¿y quién lo es?), de haberlo sido (de haberte aproximado siquiera mínimamente a la perfección) jamás hubieras venido a parar al Rayo.paradawilly Pero yo sólo sé que algunas de las mejores paradas que vi y veré en mi vida te las vi a ti, que algunas permanencias en Primera fueron por ti, que muchas de nuestras exiguas victorias fueron gracias (sobre todo) a ti, derrocando incluso a nuestros multimillonarios y plenipotenciarios vecinos de arriba mientras su facción nazi no encontraba otra respuesta que regurgitar sonidos simiescos e invocar al kukluxklán. Les jodiste pero bien, Willy, casi tanto como nos hiciste felices.

Los puristas (sea eso lo que sea) nos decían que qué locura, gastar una de las tres plazas de extranjero en un portero en esos primeros noventa, cuando aún no había libre circulación de trabajadores ni Bosman ni cotonús. Los puristas nos ponían la cabeza mala, los rivales nos menospreciaban pero nosotros nos sentíamos orgullosos. Orgullosos, sí, no sabes cuánto. Orgullosos cuando te nos fuiste convirtiendo en un auténtico icono del rayismo, orgullosos cuando te buscábamos en los banquillos durante aquel Mundial de USA embutido en tu uniforme de las Águilas Verdes, orgullosos cuando te pedían que ejercieras de Baltasar en la cabalgata del barrio aunque luego un extraño malentendido acabara jodiéndolo todo… Eras nuestro Wilfred, nuestro Willy, cuántas veces lo gritamos a los cuatro vientos, ¡¡¡Willy Willy!!!, ¡¡¡Willy Willy!!!, ¡¡¡Willy Willy!!! casi hasta acabar rompiéndonos las gargantas…

Desapareciste casi igual que llegaste, sin saber muy bien ni cómo ni por qué. Te perdimos la pista, años enteros estuvimos sin saber de ti, tu recuerdo perdido en ese extraño vértigo deportivo que niega lo pasado y vive sólo del presente. Un día nos contaron que estabas pasándolo realmente mal, acarreando cajas en Barajas por una miseria, aceptando cualquier trabajo aún por penoso que fuera para subsistir. Claro que en el fútbol de entonces no se ganaba lo que ahora, que el Rayo nunca fue de los que más pagaban ni tú fuiste nunca de los que más cobraban, pero con todo y con eso nos resultaba inconcebible verte en esa situación… hasta que hace apenas unos días supimos la verdad, hasta que por fin nos enteramos de que te gastaste todo lo que tenías (y hasta lo que no tenías) en tratamientos para intentar salvar a tu mujer gravemente enferma. Inútilmente. El cáncer te arrebató entonces media vida, qué poco tardaría en llevarse también a la otra media.

Reapareciste hace unos meses en tu estadio de siempre, en el descanso de un partido cualquiera, para que la afición te hiciera entrega de una placa y de un poco del cariño que te debía después de tantos años, para volver a aclamarte durante apenas un segundo, ¡¡¡Willy Willy!!!, para que las viejas generaciones le explicaran a las nuevas lo que habías representado en ese club.wilfred-agbonavbare Y reapareciste también (contra todo pronóstico) en televisión, probablemente a tu pesar, en uno de esos programas de telerrealidad que nunca veo, bastante tengo ya con la realidad que me rodea como para necesitar realidades adicionales. Pero me lo contaron y lo busqué, encontré el vídeo aquél en el que explicabas al jefe infiltrado el funcionamiento de la empresa, encontré aquel otro vídeo en el se comprometía a pagarte el viaje a Nigeria para que volvieras a ver a tus hijos… Se te veía bien. Puteado por el trabajo y maltratado por la vida, pero bien. Nada que hiciera pensar que la mierda estuviera ya carcomiéndote por dentro.

Cuánto penar para morirse uno, Willy. No es ya que nunca viajaras a Nigeria para volver a ver a tus hijos, es que ni siquiera tus hijos llegaron a tiempo desde Nigeria para volver a verte a ti. Hasta en eso te jodió la vida, hasta en eso te jodió la muerte. No es ya que se te lleve con cuarenta y ocho años, cuarenta y ocho putos años, una edad a la que jamás debería morirse nadie. Es que por no darte no te dio siquiera un día más, sólo uno, sólo el que necesitabas para que el postrer esfuerzo del Rayo valiera la pena, para que ese avión procedente de Lagos aterrizara justo a tiempo, para hacer realidad ese último deseo tuyo de (aún sedado hasta la náusea, aún más fuera ya que dentro de este mundo) poder ver a tus hijos antes de morir. Ni siquiera eso tuviste, Willy, hay que joderse. Cuánto penar para morirse uno.

Dicen que cuando alguien muere sigue aún viviendo en el recuerdo de los que aquí quedamos, preciosa frase hecha que a ti a estas alturas no te sirve ya de nada (como tampoco te sirvieron tantas otras que escuchaste en vida) pero que al menos será cierta en mi caso, sospecho que también en el de tantos otros como yo. Es así, Willy. Mientras me quede vida y me quede memoria seguirás aquí conmigo, recordándome todos esos buenos ratos que me hiciste pasar, todas esas veces que te vimos volar, todas aquellas mañanas y tardes que gracias a ti fueron un poco (o un mucho) más alegres. Gracias por tanto, Willy, hasta siempre. Descansa en paz.

wilfred44

preguntas a RENFE

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Esto que encontrarán a continuación no es más que un mero asunto particular (por lo que son muy dueños de dejar de leerlo ahora mismo si así lo desean, y harán muy bien): el desahogo (o similar) que acabo de soltar en el Servicio de Atención al Cliente de RENFE Cercanías tras la gota que ha colmado el vaso (esta misma tarde, de camino a casa), que se suma a otras tantas gotas durante todas las tardes de estas últimas semanas, durante todos los viernes desde hace meses, durante todas las mañanas desde hace años… Gracias por su paciencia y su atención.

¿Son conscientes de que los tiempos de espera en sus trenes con destino a Alcalá de Henares/Guadalajara se han incrementado exponencialmente, con “agujeros negros” de hasta 30/45 minutos a partir de las 19:00 durante toda esta semana (en mi caso en Nuevos Ministerios, también evidentemente en cualquier otra estación), así como cada viernes a partir de las 15:00?

¿No les parecía suficiente con ese otro “agujero negro” que generan cada mañana en hora punta en sentido contrario (trenes cada 5 ó 6 minutos a su paso por Entrevías… pero como se te escape el de Cercedilla te tocará esperar un cuarto de hora, que luego acabará durando más de 20 minutos ante la imposibilidad física de introducirte en el vagón), que han tenido que generar también otro por la tarde, no vaya a ser que nos malacostumbremos a ser tratados como personas?

¿Se trata acaso de un experimento científico, a ver cuánto somos capaces de aguantar sin morirnos, o sin rebelarnos?

¿Saben que hay leyes que exigen para el transporte de ganado unas condiciones mucho más favorables (o mucho menos desfavorables) que las que “disfrutamos” nosotros?

¿Andan ustedes refocilándose en sus despachos, presentando sus informes a la superioridad, fíjate, hemos reducido el servicio a la cuarta parte y seguimos transportando el mismo número de viajeros, imagínate el pastón que le estamos ahorrando a la empresa?

¿Y qué han hecho con todos esos trenes que ahora ya no tenemos? ¿Se los han llevado a otras comunidades autónomas con las que conviene que haya buen rollo, no se vayan a enfadar? ¿O se los han llevado a otras zonas de Madrid cuyos presuntos usuarios les son más fieles ideológicamente, ya que votan como dios manda y no a tontas y a locas como votamos nosotros?

¿Tienen idea de que somos algo más que un mero número? ¿Saben que en esos vagones viajamos seres humanos, personas que acaso necesiten llegar a tiempo al trabajo para no perderlo, llegar a tiempo a su examen para no suspenderlo, llegar a casa a su hora para desmoronarse tras una dura jornada laboral? ¿Personas (que les pareceremos) de tercera porque no usamos el coche sino el tren, porque no transitamos la superficie sino el subsuelo, pero aún así personas al fin y al cabo?

Y finalmente: ¿para qué me molesto en hacer tantas preguntas, cuando sé que en el mejor de los casos (es decir, en el dudoso supuesto de que se dignen contestarme) sólo voy a encontrar palabras vacías como respuesta?

incompatibilidades

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Corrupción la de los demás, la nuestra no, nosotros somos incompatibles con la corrupción, no es que lo diga yo sino que lo confirman las autoridades, incompatibles con la corrupción, por definición. Se corrompe aquél a quien se le presupone la honradez, en cambio a nosotros nadie nos presupuso nunca nada, quien nos compra ya sabe lo que compra, pídannos orden, pídannos rectitud, firmeza pero no nos pidan además limpieza, 20141024 a ver cómo piensan que habríamos llegado a ser lo que somos si no nos hubiéramos aprovechado de lo de todos, lo llevamos de serie, está en nuestra esencia, cómo nos van a pedir que renunciemos a nuestra principal seña de identidad, eso dígaselo a los enfrente, a todos esos que siempre fueron de honestos por la vida, que se creen que con robar cuatro chuminadas se van a poner a nuestra altura como si eso fuera tan fácil, como si estas cosas pudieran aprenderse y no mamarse como las mamamos nosotros desde la cuna, panda de advenedizos es lo que son. Todavía hay clases, hasta para esto hay clases, quizá para esto más que para ninguna otra cosa hay clases, no basta con llevárselo, además hay que sabérselo llevar: con estilo, con distinción, hasta con elegancia; conociendo el terreno, sabiendo bien dónde se pisa, conservando agarraderas bien firmes, manteniendo el control absoluto de la situación. No roba quien quiere sino quien puede y nosotros podemos (con perdón), ya lo creo que podemos. Así que hagan el favor, dejen ya de llamarnos corruptos, eso díganselo a todos esos raterillos de tres al cuarto que se creen algo y no tienen dónde caerse muertos, a nosotros no. ya está bien. A ver si se enteran ya de una vez por todas, quienes se corrompen son los demás, nosotros sencillamente somos así.

Decía Bob Hope (más bien su personaje cinematográfico) que en este mundo hay dos clases de personas, las víctimas y los aprovechados. Podríamos reformularlo en versión ibérica, en este país hay dos clases de personas, los que vivimos (dicen) por encima de nuestras posibilidades y los que viven a costa de nuestras posibilidades. Víctimas y aprovechados, siempre fue así desde que el mundo es mundo (lo cual no lo hace menos triste).mafia Pero también hay víctimas y víctimas, no vayan a pensar: las que lo asumen, las que echan pestes pero jamás mueven un dedo para remediarlo, las que intentan remediarlo (sin éxito, por lo general) y finalmente las que se quejan (con la boca más o menos pequeña) pero a la vez lo justifican, todas esas que te dicen que son víctimas sólo porque les ha tocado a este lado, pero que si alguna vez por esos azares del destino les tocara al otro lado harían exactamente lo mismo, serían tan aprovechados como el que más. El problema ya no es sólo que haya una panda de hijosdeputa jodiendo y explotando a una inmensa mayoría, el problema es que esa inmensa mayoría está también llena de aprovechados vocacionales, seres que si no roban es simplemente porque no se les ha presentado la ocasión, seres que si alguna vez se les presenta te dirán (o lo pensarán, que es peor) que aquí o todos moros o todos cristianos, si otros se lo están llevando muerto a ver si voy a ser yo el único gilipollas que no se lo lleve. La corrupción es, antes que cualquier otra cosa, un problema estructural, cultural. O para ser más preciso, incultural. Otra prueba más de la pobreza (intelectual, ética, estética) que asola este país.

Dentro de unos meses, en mayo y noviembre de 2015, volverá a pasar lo de siempre, volverán a ganar (con ligeras variaciones, con pequeños matices) los de siempre, volveremos a echarnos las manos a la cabeza como siempre, como tantas otras veces. No sé quién dijo que la única manera de acabar con la telebasura es dejar de verla, bien podríamos decir lo mismo, la única manera de acabar con la corrupción es dejar de votarla.Botadnos-Forges Se nos llevan los demonios con tantos tomates, norias o sálvames que luego dan un treinta por ciento de share, cómo no habrán de llevársenos con tantos chorizos, trincones y canallas que luego dan un treinta por ciento en cada escrutinio. En otros países ni llegarían a las urnas, en otros países no durarían en sus cargos ni cinco minutos pero aquí en cambio somos muchísimo más modernos, lo tenemos todo controlado, Spain is diferent, lo más que puede pasar es que algún juez justiciero se entrometa pero ya ni siquiera eso nos preocupa, ya nos encargaremos de untarlo, inhabilitarlo o traspapelarlo para poner a otro afín en su lugar, aquí paz y después gloria. Todo lo demás es tancredismo, poner cara de paisaje, dejar pasar el tiempo en pose estatuaria hasta que vuelvan las urnas a refrendarnos, con dos cajones. Y entonces sí, volver a sacar pecho y darnos a todos con sus resultados electorales en las narices, ya les dijimos que éramos incompatibles con la corrupción, aquí tienen la prueba, una vez más el pueblo soberano nos ha otorgado su confianza, nos quiere tal como somos, pueden estar seguros de que esta vez tampoco les vamos a defraudar. Es lo que hay. Su incompatibilidad con la corrupción (que es más bien incompatibilidad con la vergüenza) sólo es posible gracias a nuestra manifiesta incompatibilidad con el sentido común.